Una habitación vacía

Tuve la inconfundible sensación de respirar el aroma de un bálsamo ancestral y curativo, percibí el inmensurable resabio de una semilla peregrina y seductora. Grano único, privilegiado, sometido a la lluvia milagrosa de la selva, tostado a pleno sol para liberar sus esencias y originar inéditos sabores al bañarse luego con escarcha, frialdad que apacigua y alivia sus ardores, viaje y vaivén entre inclemencias, desde la canícula hasta el frío, para guardar la intensidad de sus fragancias. Una ráfaga de sol es extinguida con agua glacial derramada sobre el grano, y la mudanza deja impresa en su cutícula la exquisita distinción de sus esencias. Al final, lo más tarde posible, cuando es preciso atesorar la plenitud de gustos y aromas, el grano es sometido a la molienda. No hay en el proceso más secreto que el esmero y la delicadeza de cada gesto y tarea. Desde su aparición y descubrimiento por los rabadanes de los antiguos desiertos de levante, la infusión ha acompañado ritos, vigilias y plegarias dirigidas a dioses, divinidades y doncellas. Sus deleites activan fibras, transmisores y neuronas, excitan sugestión, significado y lucidez, beneficia a las tareas pulmonares, estimula funciones digestivas y cardiacas, aminora la sensación de aflicción e inexistencia, mitiga antojos y apetitos, siempre y cuando solo sean alimentarios. Después del primer sorbo, distinguí su figura frente a mí, dando pie a mi torpeza. Intenté comprender esa visión, surgida en la penumbra, producto de la magia de una bebida que agudiza la sensibilidad de mis sentidos y aviva el calibre de mi intuición. Es como un milagro, una gracia, un talento que no aparece en cualquiera, un capítulo que no se encuentra en el índice de un libro, no se adquiere como una mercancía, no salta de una chistera. Es el hechizo de una palabra envuelta en el sigilo, una presencia que dice y manifiesta todo lo urgente, lo necesario, lo cardinal, sin necesidad de explicaciones, ambigüedades ni triviales pretensiones. No supe qué decir, aunque tuve la certeza de que yo no podía guardar silencio. A veces son indispensables las palabras. Hay instantes en los que deben aparecer, surgir irremediables, antes de que se hagan urgentes, luego se vuelvan obligatorias y terminen siendo insignificantes. Cierro los ojos, intento percibir un gesto, adivinar una señal, descubrir un significado, escuchar un desenlace. Busco alguna luz a través de la ventana, por debajo de la puerta, y no hallo más que la luminosidad de su epidermis. Creo escucharla decir mi nombre, me quedo callado, me llama otra vez. “Pedro ven, pasa. Por favor, cierra la puerta”, la escucho decir, con una voz que tiene el perfume de la tierra anegada por la lluvia. “Soy yo. Dime mi nombre”. Luz que ahoga mis pensamientos. La he imaginado tantas veces, la he visto caminando por las calles, vestida con el sol, hecha de luminiscencias en una ciudad que vive a oscuras. Pero ahí, a unos pasos, no sé si es o está, si llega, regresa o desaparece. La observo, delicada y seductora, mientras toca y descubre su taza de café. No se vislumbra ni escucha nada de uno y otro lado de la puerta. Intento distinguir la realidad, encontrar el sitio en el que empieza y termina la ficción, el punto en el que se despejarían mis perplejidades. No sé cómo ni dónde empezar, lo intento una vez, otra más después y nuevamente. Tengo miedo de que se vaya, que se esfume, que se pierda, que esta luz se extinga sin sentirla ni mirarla. Es algo así como saber que puedes morir mil veces, que el abandono es dejar la luna en un columpio, que para siempre es también nunca jamás. No supe qué decir, no hallé las palabras, no encontré un idioma que pudiera explicar esta respiración sombría. Quiero creer, que me creas, que sepas de mí, que me conozcas. Confío en ser todo lo que supones de mí, aún más y también eso. Seremos lo que solo tú puedes presagiar en mi mirada. Voy a dormir. No puedo estar aquí, viéndote sin saber si estás conmigo. Mañana te buscaré al salir el sol.

Esa noche duermo inquieto y sueño que soy un niño que camina a solas por el parque, un chamaco que juega con estrellas de mar mientras las olas calan sus tobillos, un crío que persigue cocuyos en la noche, un escuincle que hojea las páginas de un libro interminable. Y amanece, con la reposada impaciencia de lo insalvable. Abro los ojos, y mis pensamientos son bosques poblados de azares e interrogaciones. Digo “buenos días” en un idioma que ayer no conocía. Me levanto, palpo mis párpados con la yema de los dedos, camino descalzo, llego a la cocina, tomo un café, brebaje y hechizo que provoca sus apariciones. Lentamente me asomo detrás de la puerta, indago en la penumbra. Su taza continúa sobre la mesa, humeante y aromática. Ella ya no está. Es la luz de una habitación vacía

mostbet mostbet pinup mostbet mostbet pinup pinup

Autor

Scroll al inicio