La tormenta, más tropical que huracán, que envuelve por estas fechas al Imer por la clausura de Café Encuentros sólo tiene sentido si es reconducida a una reforma profunda en los medios públicos, a los que benévolamente reconoceremos como medios públicos. Cuando el tema aflora, lo insustancial se vuelve grandilocuente y pasada la emergencia lo importante deja de serlo.
En octubre de 2000, Francisco Prieto, quien llevaba seis meses al frente de Radio UNAM, decidió cambios en la programación. 20 programas salieron del aire y se incorporaron nuevas producciones, cambios que emergieron de un diagnóstico de la oferta de la emisora, que sin duda los necesitaba (y los sigue necesitando). Cambios, necesarios o no, que se determinaron desde lo que está al aire y que expresa la salud de una institución de comunicación privada, oficial o pública. A una institución educativa, la hace su cuerpo docente, a una radio sus colaboradores. La fórmula parecía sencilla: cambiar de colaboradores es cambiar la radio. Lo que cambió a los pocos días fue el director.
El Prietazo, como se recuerda este episodio en Radio UNAM, fue producto de un correcto diagnóstico del exterior audible y de la ingenuidad respecto a la maquinaria de las radios permisionadas y las particularidades intransferibles del quehacer radiofónico. A pesar de ser Prieto un brillante teórico de la comunicación, conductor excepcional, persona íntegra y generosa, la operación fue repentina y con sólo dos alternativas para los afectados: la resignación, o lo que hoy se está repitiendo. Desde trincheras periodísticas muy parecidas y con argumentos similares. El desenlace, por la salud de la radio de interés público, espero que sea distinto. Quienes, como hacedores, formadores y analistas de la radio pública, pretendemos señalar el malestar estructural que la aqueja no tenemos otra que montarnos en el rebumbio con la esperanza de llamar la atención. Entremos, pues, en las tintas febriles.
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Dos líneas contrapuestas encabezan la polémica y ambas me parecen remedos de argumentos. Uno es la denuncia de censura, privatización, el regreso del autoritarismo y el control en este sexenio; como intentaré mostrarlo: falaz. El otro: que la decisión se tomó amparada en las facultades que le otorga la normatividad del Imer a su director, es decir: “Se actuó con estricto apego al derecho”, argumento que, a pesar de ya apenas vender en liquidación, políticos y analistas insisten en esgrimirlo.
Y si se trata de remedos propongo el siguiente: siempre existe la posibilidad, al menos matemática, de que tanto Villarreal como los conductores despedidos sean miembros de una secta oculta con ideología de extremo centro que se haya escindido debido a que, si bien comparten su aversión por la izquierda y la derecha, afloraron recientemente graves discrepancias, que ahora se manifiestan públicamente, en torno a su ubicación en el eje vertical.
El remedo de los “censurados”
Ciertamente, ya llevamos un buen rato donde la estolidez ha prevalecido sobre el maquiavelismo en las acciones y declaraciones gubernamentales; pero ¿de veras puede uno imaginarse a funcionarios de alto nivel “preocupados e incómodos” por lo que emanaba de la barra matutina del Imer? Hace tiempo que los medios públicos, salvo casos aislados, ni eso generan. De ello se han encargado quienes han dirigido sus políticas.
Los dolores de cabeza provienen de los noticieros en los medios concesionados, periódicos y revistas con los que permanentemente tienen que cabildear, negociar, filtrar, premiar o castigar; con exclusivas o publicidad oficial. Si no: ¿para qué el desmesurado presupuesto en comunicación social en todas las áreas de los gobiernos federales y estatales? En principio para eso estaban los tiempos oficiales; pero eso implica despojarse de un poderoso instrumento de control.
Pero supongamos que, ni de tan de alto nivel, y con la torpeza proactiva de un Eduardo Garzón en RTC. ¿Era un espacio incómodo aunque tuviera baja audiencia, escasa participación y poca resonancia? Ni en las opiniones, ni en la investigación periodística que exhibiera ilegalidades. Hay espacios hoy en la radio pública como Del Campo y de la Ciudad en Radio Educación en los que se escucha hablar del espurio, convocatorias a la movilización, las reformas neoliberales, extrema derecha en el poder y solida-ridad con los compañeros, no era el caso de Café Encuentros. Ningún funcionario o político de ningún partido enfrentó un sarandeo por lo que allí se haya dicho, menos un desplome. A la única excepción que pudieran aspirar es a la del propio director del Imer.
Finalmente, si se tratara de un modelo de comunicación ciudadana, informada y plural que sin amarillismo construía una seria, aunque reducida corriente de opinión alternativa, pero contraria a la ideología personal del director del Imer, resulta que Héctor Villarreal no tiene ese perfil. Al menos en su trayectoria pública se le consigna un papel decisivo junto con Ricardo García Cervantes en el otorgamiento de permisos de transmisión a más de una decena de radios comunitarias. Durante su gestión la Hora Nacional Federal atenuó considerablemente su oficialismo e incorporó elementos de una radio plural, moderna y dinámica. El programa recibió incluso un reconocimiento de un jurado internacional e independiente en la Quinta Bienal Internacional de Radio. A propósito de ello, RTC distribuía en cadena nacional, Luces de la Ciudad, la media hora local del gobierno del Distrito Federal en los tiempos del desafuero, y nunca impidió (y estaba facultado para hacerlo) que en ese espacio se atacara directamente al Ejecutivo federal, a pesar de que el GDF hacía un uso ilegítimo e ilegal del espacio.
Ciertamente, ya había sido antes acusado de censura: cuando su comité de contenidos cinematográficos dictaminó que el filme gore La pasión de Cristo de Mel Gibson era clasificación C, lo cual le costó el disgusto público de varios persignados poderosos. Decisión apegada, por lo sanguinoliento del largometraje, a los criterios aplicados a cualquier película de su tipo en México, aparte de lo “edificante” que para unos pudiera ser el mensaje, y que a otros nos pareció apología del sadomasoquismo.
Y hasta aquí también la apología (léase defensa según su etimología) de Villarreal. Su gestión de nueve meses ya es un periodo suficiente para escuchar el llanto de un plan de desarrollo para el Imer en este sexenio. Proyecto demorado, amoratado, cuando no embarazo psicológico. Seguramente hay algo en un escritorio o disco duro, pero nada hay al aire. Volveré al final con esto, pero antes deseo plantear mi hipótesis respecto al cierre de Café Encuentros.
Una cosa es ser especialista en temas específicos y otra serlo específicamente de la radio, y no dudo de la calidad intelectual de los comentaristas que perdieron el aire, son prestigiados conocedores y analistas de nuestra realidad; como tampoco dudo que, si su quehacer radiofónico era eficaz y convocante, a estas alturas ya les deben estar proponiendo otros foros en el cuadrante.
El primer reto como creador de la radio es mantenerse presente en los oídos. Aquí le creo a Villarreal: no hay otra censura que el llamado rating. Si los costosos estudios que compró Imer a Arbitron en la gestión de la señora Beistegui debían servir para algo, era para indicar cuáles barras y programas no reportaban mayor interés en la audiencia. Es un grave error en los medios públicos basarse en ellos como único criterio para valorar la permanencia de una serie; como es otro error grave ignorarlos. Su aplicación debe ser distinta: complementaria y no absoluta, cualitativa además de cuantitativa, comparativa y retroalimentadora. La radio, en especial la pública, debe construir un concepto de rating en función del público objetivo que incorpore, además el contexto horario: frecuencia, periodicidad, oferta simultánea de otras emisoras, programas precedentes y consecuentes y que incorpore una variable fundamental: los mutantes hábitos de escucha actuales derivados de la multiplicación de los dispositivos tecnológicos de audición y la acelerada convergencia multimedia.
Apuesto doble a que: a) los estudios de Arbitron no abonaban a la causa de los afectados pues para su defensa no se han amparado en ese argumento y, b) esos estudios no están diseñados para una radio como el Imer, pues el director no los ha citado como fundamento de su decisión.
Hace cosa de un año sostuve en Nexos que una de las fuentes de legitimidad y necesidad de la radio de interés público es que en ella pueden germinar propuestas experimentales, propositivas y novedosas que requieren un ciclo de maduración diferente para depurarse y crear un auditorio. Espacio que la radio concesionada, necesitada de ganancias, raramente provee, pero que una vez probada la fórmula, incorpora, piratea o imita. El Herodes de los programas se llama rating. Para el ciclo vital de los programas de radio, Café Encuentros ya tenía pelos, y algunos blancos. De hecho, empezaba a perderlos.
El remedo de los “facultados”
Actuó conforme a la norma, sostiene entre otros Ernesto Villanueva en El Universal (19/VIII/07). Es una opinión de jurista y, como tal, impecable si lo que importara valorar es si la decisión fue legal o no, salvo que hubiera sido ilegal y nadie de los que atacan a Villarreal ha dicho que lo sea o el asunto ya estaría en tribunales; el problema no pasa por lo que el mismo Villanueva señala al cerrar su artículo y que me parece sustancial: ¿por qué una normatividad le permite al director de un medio público decidir qué va al aire y qué va bajo tierra? ¿Por qué los miembros de un consejo de programación dependen todos jerárquicamente de él? Esto vuelve a dicho consejo un remedo de instancia colegiada de evaluación. Concuerdo con Villanueva, aunque creo que por su perspectiva jurídica no llega más allá, ni tenía por qué. Villarreal debe ser congruente con la vocación de un auténtico medio de servicio público y no con un marco legal. ¿Con medios de radio oficial se va a construir una radio de interés y servicio público?
Tan importante como la independencia en el organigrama, es el perfil de quienes deciden cuáles proyectos permanecen, se modifican o se clausuran y qué criterios se utilizan para evaluarlos. Sobre todo, en este caso, deben ser expertos de la radio. Que no tienen que ser teóricos de la comunicación, periodistas, representantes ciudadanos y menos directivos, salvo que, además de ello, fueran capaces de evaluar, tanto contenidos, como formas de hacer la radio. Un consejo de programación debe estar integrado por conocedores de sus géneros, subgéneros y códigos narrativos; técnicas de grabación, edición, montaje y ambientación; reglas de la conducción, comentario, nota, entrevista y conversación; estilos, escuelas y tradiciones; técnicas y reglas del reportaje, sondeo, documental y registro sonoro; arte, estética y experimentación sonora; ritmo y enunciación radiofónica; técnicas y reglas de conducción, locución, actuación e interpretación de textos; funciones e integración de un equipo de producción, oratoria y retórica radiofónica; acústica y acuología, uso de equipos y tecnologías digitales; planeación, programación y preproducción; semiótica del discurso radiofónico; retroalimentación, interacción y participación; dramaturgia, redacción y guionismo, en fin… radio, que es lo único que parece no importar en esas sesiones porque poco o nada saben de su quehacer y poco o nada hacen para enterarse.
Remedios
La creación de un auténtico consejo de programación colegiado e independiente, integrado transparentemente, operando con criterios fundamentados en el conocimiento de la materia, con mecanismos de audiencia, réplica y apelación técnica, y apoyados, claro que sí, con dictámenes técnicos, financieros y de mercado de la propia institución, le significaría hoy a Villarreal la enorme ventaja política de atribuir la decisión a ese consejo; o bien: asumir su permanencia con la seguridad de que más allá de su parecer, Horizonte 108 contaba con una barra de programas consistentes con la radio pública, de calidad y escuchados. No tengo duda de que es un remedio y espero que la actual administración tenga la decisión de aplicarlo.
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Ilustración: M. Fossen |
Hacer radio es fascinante, hablar en un micrófono es droga dura. La intersección de la intimidad de una cabina con la exposición pública que transcurre en la inmediatez, a través de la voz como único cuerpo que habita unos oídos que siempre son mera posibilidad. Rostros y miradas que se adivinan. Ese cruce de imaginarios mueve libido, razón y fantasía con enormes dosis de adrenalina y endorfina. Es fácil enamorarse de la radio y al habituarse a ella (como con otros amores) uno asume que el espacio es suyo y ya no es necesario reinventarlo. Su pérdida es un duro golpe que no tiene nada que ver con tres mil pesos al mes. Desde hace tiempo tengo el privilegio de ocupar un espacio en las vías públicas del aire sonoro. Yo sí cierro otra vez Reforma si me desalojan, tengan o no razón. Entiendo, pues, el malestar de mis colegas y creo que Villarreal debió plantear la salida con más cuidado que si le dijera a un amigo que le bajó a la novia. Así que, aunque más vale prevenir y la tacita de café ya se rompió, sugiero otro remedio:
Publicidad ya se han hecho unos a los otros: ¿por qué no invitarlos a que pronto, creado ese consejo de programación, diseñen nuevas formas de colaborar con el apoyo de productores especializados? Proyectos adecuados a sus características, compromiso, habilidades y dominio de contenidos; en el género, formato, periodicidad, duración y modalidad de transmisión más conveniente y viable. No veo por qué no buscar patrocinios para una nueva etapa de colaboración. Veo aquí un modelo para articular formas y contenidos en la radio, necesaria e idónea para superar el extendido divorcio entre el saber y su comunicabilidad. Implantarlo permitiría que a la radio se acercaran más científicos, pensadores, creadores, políticos, analistas y que su presencia fuera exitosa y audible.
Dimensionemos la problemática actual del Imer: no para minimizarla, porque mínima para la radio pública, la democracia, y la reversa del calentamiento global es la ausencia de Café Encuentros, sino para maximizarla, porque añejos y estructurales, hasta volverse graves, son los problemas en esa institución, y digámoslo, en toda la radio permisionada. Hasta el momento la presente administración ha tenido que hacerse cargo del tiradero que dejaron las anteriores, ello explica la ausencia de un proyecto integral de desarrollo, pero, entre tanto hace falta mucha radio y se les está haciendo tarde.
Concluyo con una propuesta terapéutica: mucho hay que hablar de los medios. Existe etcétera; pero no hay un espacio en los medios electrónicos para crestomatear, criticar, analizar, espejear, investigar, reportear, balconear y proponer. No en otro lugar sino en la radio pública puede hacerse con independencia y transparencia. Sería una manera en como, mientras resuelve problemas sindicales, anomalías administrativas, falta de recursos y prácticas viciadas, la administración actual del Imer nos dejara escuchar una de las muchas maneras en la que le puede servir a nuestro país la radio de interés y servicio público.



