Secuestradores de palabras

Todas las seguridades electrónicas con que supuestamente se protegen las transacciones por Internet, resultan de una fragilidad conmovedora ante el asaltante cibernético. Son escalofriantes los relatos sobre robos con las claves de las tarjetas en cajeros electrónicos, o de estafas punto.com. No sólo se roba dinero, también la propiedad intelectual hasta el punto de que una editora, alarmada, calificó el plagio como uno “de los más graves problemas del mundo académico”. Umberto Eco juzga el hecho sin aspavientos: “Soy propenso a no considerar trágico este fenómeno porque también copiar bien es un arte que no es fácil y un estudiante que copia bien tiene derecho a una buena nota”.

Los grises del plagio
En las universidades colombianas sin embargo, esas buenas copias lo mismo que las malas, se sancionan con severidad; y en Internet los timbres de alarma no han sonado en vano y sirvieron para que las empresas produjeran programas que, en manos de profesores diligentes, permiten detectar el “copia y pega” de sus alumnos.

Las mentiras del científico coreano Woo Suk Hwang, cuando falsificó sus experimentos sobre células madre, provocaron un escándalo en el mundo de la ciencia que dejó al descubierto otros casos similares; uno de ellos fue la práctica de las empresas farmacéuticas que distribuyen reimpresiones de estudios científicos en tal cantidad y con tal diligencia que es imposible comprobar si existen o no otros publicados, como si la aplanadora de la industrialización y de la comercialización de las drogas hubiera aplastado los derechos de los autores a su obra y el rechazo legal y ético a la práctica del plagio.

En este contexto se vienen produciendo escándalos y polémicas que en vez de afianzar una conciencia de respeto al derecho ajeno, parecen legitimar la práctica del plagio. Una columnista del diario El País, en Cali, Colombia, encontró con sorpresa que una columna suya había sido copiada con leves variantes por el conocido autor de libros de superación Pablo Coelho. La columnista no obtuvo explicación alguna, ni siquiera una expresión de disculpa, y debió limitarse a registrar públicamente el hecho. Más conocido fue el caso de la escritora española Carmen Formoso quien al leer La cruz de san Andrés –novela ganadora del premio Planeta 1997– firmada por el premio Nobel Camilo José Cela, descubrió que era copia de su novela Carmen, Carmela, Carmiña.

Son poco conocidos los reclamos de Winckler y Schlichtegroll los casi anónimos autores de biografías de Mozart, cuyos textos fueron saqueados por un novel autor que publicó en 1814 su primer libro. Marie-Henri Beyle, quien después sería conocido con el seudónimo de Stendhal, no citó sus fuentes y, a pesar de las protestas de los autores, pareció darle muy poca importancia a la acusación de plagiario.

En materia de propiedad intelectual las leyes y la ética intentan definir fronteras, pero no siempre es fácil señalar, con mojones precisos, quién es el dueño de las ideas y cuándo un autor se ha apropiado de modo indebido de pertenencias ajenas.

Citado por Eligio García Márquez (Tras las claves de Melquíades, p. 289), Gustavo Ibarra cuenta su reacción al leer La hojarasca, la novela en que Gabriel García Márquez utiliza como imagen central del relato el cadáver insepulto de un médico. Por voluntad del pueblo, su cuerpo debería permanecer expuesto a las aves carroñeras y a los perros. “Yo le dije: Gabriel, ésta es una trama de Sófocles. El abrió los ojos y exclamó: ¿cómo? Y se interesó de inmediato en su lectura”. Después agregaría el epígrafe con la cita de Antífona. Fue una coincidencia que Ibarra no miró como un plagio: “Gabriel y Sófocles se habían encontrado en aquel lugar celeste en donde habitan los arquetipos intemporales del drama, gérmenes platónicos que se reflejan por igual en el ateniense y en el de Aracataca, dando ambos la misma construcción básica”.

Al escribir su última novela, García Márquez hace consciente al lector de que toma prestada la idea central de Yasunari Kawabata en La casa de las bellas dormidas. El japonés cuenta la historia de cinco mujeres que el viejo Eguchi encuentra dormidas en sucesivos encuentros, mientras a García Márquez le basta una para descubrir en Memoria de mis putas tristes, la historia y el mundo interior de un viejo, Mustio Collado.

No faltó quien tocara a rebato las campanas de la denuncia: “¡otro Nobel reo de plagio!”, pero el asunto no es tan simple como parecen pensarlo estos ingenuos cazadores de plagios.

La sombra del plagio parece proyectarse sobre una amplia variedad de textos.

¿Es plagio referirse a una idea expresada por otro con diferentes palabras y dentro de otro contexto? O sea: ¿alguien se pude considerar propietario de una idea?

¿Es plagio la utilización del esquema de una conferencia, de un ensayo o de una novela? Por ejemplo, ¿incurrió en plagio el autor del Quijote apócrifo? O supongan ustedes que un novelista traslada el esquema de Las mil y una noches a un relato sobre las noches de terror de los iraquíen durante la invasión de Estados Unidos. ¿Habría plagio en esa apropiación del esquema?

¿Es plagio la utilización ampliada de una noticia que los medios de la competencia dieron en exclusiva? Sirva como ejemplo el escándalo Watergate presentado con sus recursos y su enfoque, no por The Washington Post sino por el New York Times? ¿Hasta dónde llega la propiedad sobre una noticia?

¿Es plagio presentar como propia una cita encontrada en algún texto ajeno? ¿Hay un derecho de propiedad sobre las citas?

Ilegalidad del plagio
Éstas y otras preguntas frecuentes sobre el tema revelan que se trata de una materia en la que parece predominar la indefinición. Trazar los linderos de un terreno, definir la propiedad de una marca industrial o comercial, ubicar los hitos de una frontera municipal, departamental o nacional son asuntos relativamente simples si se los compara con esta tarea de definir la propiedad de unas ideas y de unos textos. La legislación internacional sobre derechos de autor, reflejada en las leyes nacionales sobre la materia, hace lo que puede para proteger a los autores amenazados a la vez por los secuestradores de palabras en ediciones y copias piratas, y por una generalizada inconsciencia sobre el valor y los derechos del trabajador intelectual.

La ley colombiana, por ejemplo, establece que “es permitido citar a un autor transcribiendo los pasajes necesarios, siempre que no sean tantos y tan seguidos que razonablemente puedan considerarse como una reproducción simulada y sustancial, que redunde en perjuicio del autor de la obra de donde se toman. En cada cita debe mencionarse el nombre del autor de la obra citada y el título de dicha obra” (artículo 31, ley 23/82).

El código penal español prevé multas y privación de libertad a quienes plagien en todo o en parte una obra literaria, artística o científica y en Argentina la Ley 11.723 reprime el delito de plagio y señala penas para quien viole la propiedad intelectual.3 En Ucrania el código penal señala una responsabilidad criminal por el plagio.

El plagio, que originalmente fue la condena a la pena del látigo para el que hubiera vendido a un hombre libre como esclavo, en la actualidad se refiere al secuestro de personas y, por analogía, se aplica a la práctica de secuestrar ideas, textos y obras ajenas. Las legislaciones, que caminan sobre un terreno sólido en casos de secuestros, no pisan tan seguras cuanto entran en la esfera de las creaciones del espíritu del hombre; éste parece ser el ámbito propio de la ética que, en lo que concierne a la actividad periodística muestra una particular severidad.

La lupa ética
Visto desde la ética periodística el plagio viola el compromiso básico del periodista con la verdad. El plagio es una mentira porque implica la falsedad de aparecer ante el lector como el autor de un texto que otro investigó, editó y produjo. Es pues una mentira al lector. Y un engaño.

En efecto, el plagio es una injusticia porque toma por asalto el trabajo ajeno y se obtiene un lucro o un reconocimiento que se le deben al autor. Se puede agregar, además, la degradación del trabajo profesional que, lo mismo que la actividad científica, debe exhibir la característica de la transparencia. La actividad intelectual del periodista, siempre centrada en los hechos que suceden, nunca es una verdad definitiva sino un proceso cuyo registro debe continuarse de la misma manera que la investigación del científico que, por su naturaleza provisoria, deja claras huellas de su elaboración para que otros investigadores den los siguientes pasos. El plagiario borra esas huellas, deja indicaciones falsas que cierran el camino para quien quiera continuar el proceso de seguimiento de los hechos o de las ideas.

Todas estas razones aparecen explícitas o implícitas en los artículos de los códigos éticos que condenan la práctica del plagio.

En la Guayana Inglesa el plagio se califica como “grave ofensa profesional” (A.7).

El código húngaro explica: “abusa de los derechos de otra persona quien publica el producto intelectual de otro como si fuera suyo” (A.II. 4,c).

Es la misma motivación del código irlandés en el que el plagio se describe como “explotación del trabajo de otro periodista” (A5).

“Es una forma de trabajo impropia del periodista”, se lee en los artículos 15, 21, 22 y 24 del código de los periodistas polacos, que expulsan de su asociación a los plagiarios.

Para los yugoeslavos plagiar es “conducta incompatible con la ética profesional” (a19) y para los suizos el plagio es “un método desleal” (A4). Son más de 30 los códigos de ética periodística en el mundo que incluyen un severo rechazo de esta conducta, calificada como “odiosa”, “abusiva” y “deshonrosa”.

Entre unos y otros, los códigos recomiendan:

1. Que las citas no sean tan sustanciales que se conviertan en la obra del citado.
2. Mencionar honestamente las fuentes de información (Indonesia, a 5,2).
3. Usar las comillas cuando la cita es textual; y cuando se resume un texto, dejar claro su origen.
4. Citar dentro del contexto y conservar el espíritu de lo expresado por el autor.

Los manuales de estilo
Las normas de los códigos han sido recogidas por los manuales de estilo en los que se hallan expresiones tan drásticas como la del Código de conducta de The Washington Post: “El plagio es uno de los pecados imperdonables del periodismo”. Por eso adopta normas como ésta: “dar crédito a otros medios que publican noticias exclusivas dignas de cubrimiento por The Washington Post”.

En términos parecidos se expresa el Libro de Estilo de El País, de Madrid: “es inmoral apropiarse de noticias de paternidad ajena. Por tanto, los despachos de agencia se firmarán siempre” (A. 120).

La Nación, de Buenos Aires, en su manual ordena con severo laconismo: “el periodista respetará y hará respetar los derechos legítimos de autores y creadores”.

El manual de El Deber, el diario de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, es concreto al ordenar que (el periodista) “no debe adjudicarse por ningún motivo la autoría de una nota que no reporteó o de información que haya generado otro medio o algún portal de Internet”.

En su manual, El Colombiano de Medellín considera que “es un acto de justicia y un servicio al lector […] respetar el trabajo de los colegas. Por tanto, si se reproduce una noticia de reconocida autoría de otro periodista o de otro medio, debe acompañar esa publicación con la mención del nombre del autor o del medio”. Y agrega: “el periodista de El Colombiano excluye de sus prácticas la copia y el plagio” (A 21.17 y 21.18).

Juicios por plagio
A pesar de la contundencia y claridad de las normas, el examen de los casos de plagio no es sencillo. Requiere una separación del campo legal y de la esfera ética. Desde el punto de vista legal, el proceso concluye en una sentencia que define quién copió, a quién y cuál debe ser la sanción.

Si el juicio es ético no aporta absolución ni condena porque en ética nadie es juez de nadie; uno solo es juez de sí mismo porque los valores y principios éticos no pueden ser impuestos desde fuera puesto que resultan de una decisión personal. En último término el único que sabe si obró o no de acuerdo con la ética es cada persona.

En los periódicos, como en las universidades, los casos de plagio dan lugar a procesos en los que se mezclan lo legal y lo ético por cuanto en el hecho del plagio están involucrados elementos de bien común: la credibilidad del medio o de la universidad, la buena fe y particularmente el ambiente moral, contaminable cuando se adoptan criterios laxos y complacientes frente al asalto a la propiedad intelectual ajena, o saneado cuando se imponen el respeto al trabajo intelectual y a la verdad que se les debe a los receptores de la información.

Estos elementos hasta aquí mencionados aparecen de una u otra forma en el caso del profesor acusado de plagio. Es una historia real que al final no se resuelve como los casos judiciales con un escueto: ¡culpable! o ¡inocente! Lo propongo a los lectores como un elemento ilustrador y estimulante de interactividad, porque allí aparecen todas las reacciones que hoy provoca una acusación de plagio. Examinen el caso y, al final, guiados por las preguntas, que se pueden responder en su totalidad o parcialmente, anoten sus conclusiones y envíenlas al correo electrónico del autor como punto de partida para un diálogo sobre el tema.

El profesor acusado de plagio
El columnista y profesor universitario Hernando Gómez Buendía hizo parte del equipo de la revista Semana, de Bogotá, que dictó la Cátedra Semana, un evento de conferencias sobre periodismo. La conferencia de Gómez fue publicada, con todas las de la cátedra, en el libro Poder & Medio con el título

“Cada país tiene los medios que se merece”.

Una estudiante del postgrado de periodismo de la Universidad de los Andes, Diana Giraldo, encontró que en el texto de Gómez había 16 coincidencias con el texto de Bill Kovach y Tom Rosenstiel, “Los elementos del periodismo” (Ediciones El País, Colombia, 2004). Preguntó entonces a sus profesores Daniel Samper, director de la revista Soho, y Juanita León, de la redacción de Semana: ¿si toda una conferencia se basa en un libro, cómo se puede omitir la mención de su autor en la edición? ¿Qué pasaría si esto hubiera ocurrido en el plano académico y se tratara de un trabajo de grado? ¿Cómo es posible que por un error aparezcan bajo una firma ideas que corresponden a otro texto?

Con base en estas preguntas la estudiante pidió una aclaración pública, dadas la autoridad del libro de Kovach y Rosenstiel para los estudiantes de periodismo, y el alto prestigio del columnista y profesor Gómez Buendía.

La editora del libro de Semana, María Teresa Ronderos, respondió a Giraldo que en el caso de la conferencia de Gómez, su texto “fue la versión editada de una desgrabación original de la conferencia” y que “en algún momento se omitió citar la fuente de las nueve categorías sobre las cuales basa su análisis”. Agregó entonces la editora: “es una omisión lamentable que se debi la la metodología un poco diferente de cómo se construyó este capítulo”, y anunció que se subsanaría el error en la siguiente edición del libro.

Por su parte el propio Gómez Buendía se disculpó ante los dos autores y explicó: “tengo la certeza de haber mencionado la fuente de la conferencia. Lo que pasa es que dicté la conferencia en varias partes y en ésta la transcribieron sin notas. Había tomado materiales de una página Web, las de Kovach y otros, porque se trata de un tema que tiene una bibliografía abundante; con esto di una charla informal que transcribieron y, sin revisión del material, fue a la imprenta. No capté el peligro de eso; sé que debí revisarlo y prever estas cosas”.

A pesar de estas explicaciones, la estudiante insistió: “Ya me cansé de que me crean estúpida… creo que esto ya tocó fondo y me cansé de ser decente… esto tiene que ir más allá y ya armar el escándalo sin ningún tipo de consideración”.

Ante la polémica Semana anunció que “dada la confusión generada en el debate público y en aras de la transparencia frente a nuestros lectores, hemos decidido poner este caso a consideración de una comisión de expertos… sus conclusiones serán compartidas con los lectores”.

Los expertos nombrados por la revista fueron el sacerdote jesuita Alfonso Llanos, especialista en bioética; el ex presidente de la Corte Constitucional, Carlos Gaviria, y el profesor de la Universidad de los Andes, Alejandro Sanz de Santamaría, quienes concluyeron al cabo de una minuciosa investigación del caso: “el doctor Gómez Buendía cometió el error de omisión que se ha señalado y él ha reconocido, pero este error no conlleva ninguna grave falta a la ética”.

Cuando se produjo este documento ya el columnista Gómez Buendía había sido retirado de Semana porque, en el entretanto, publicó una columna en la que reprodujo párrafos de una columna anterior para demostrar que unos pronósticos políticos suyos habían tenido cabal cumplimiento. Esa reproducción se llamó “Autoplagio”. Aludiendo al sorpresivo despido del columnista los miembros de la comisión de expertos, agregaron: “con su retiro (el de Gómez Buendía) todos pierden: él, la revista Semana y sus lectores. Consideramos que este hecho sólo pudo haber cobrado relevancia por el ambiente fuertemente polémico generado por el episodio que aquí se ha analizado”.

A pesar de su ofrecimiento, Semana no compartió con sus lectores este documento y lo remitió a su página de Internet, Semana.com.

Gómez Buendía, afectado por el episodio no volvió a escribir columnas hasta más de un año y medio después, cuando reapareció en el diario El Colombiano y en UN Periódico, la publicación quincenal de la Universidad Nacional. El tema que se había mantenido silenciado durante 23 meses, resurgió con renovado vigor cuando un grupo de lectores de Semana, motivado por una carta de respaldo a Gómez Buendía firmada por un numeroso grupo de intelectuales, exigieron, en defensa de la libertad de expresión, la renuncia del director de Semana, o someterlo al tribunal que él mismo había designado para examinar la acusación de plagio.

Este nuevo debate agregó otros elementos:

– El director de Semana, a pesar de las conclusiones del tribunal, insistió en que Gómez “cometió plagio”.

– Explicó el director de Semana que había sido su deber cerrar la columna de Gómez porque “así como nosotros fiscalizamos, al interior de los medios también tiene que pasar eso… Gómez Buendía cometió plagio, pues se tiene que ir”.

– Aparecieron nuevos elementos que no se habían mencionado: en dos ocasiones Gómez Buendía había sido acusado de plagio, dijeron los nuevos acusadores. Una, en una conferencia dictada en 1963 y otra en un folleto de la Universidad de Pittsburg en que aparecieron trabajos firmados por Gómez, cuya autoría reclamó una profesora colombiana que los había publicado en una revista.

– El director de Semana explicó la no publicación del documento del tribunal íntegro con dos argumentos: para publicarlo utilizó el sitio Web; su publicación en papel habría demandado diez páginas. De hecho el documento sin anexos consta de dos mil 539 palabras.

Las preguntas

El caso plantea numerosas preguntas entre las que destaco éstas que ustedes pueden responder en su totalidad, o en parte.

1. Sobre el tratamiento dado a la acusación de plagio por parte del director de Semana: ¿habría actuado usted de igual manera? ¿Por qué?
2. Sobre el documento producido por el tribunal ad hoc: ¿habría considerado suficiente la publicación en la página Web de la revista? ¿Por qué?
3. Sobre las acusaciones de plagio reveladas 23 meses después: ¿tienen validez para usted? ¿Por qué?
4. Sobre la campaña para pedir la renuncia del director de la revista, o para someterlo al tribunal ad hoc: ¿el manejo dado a la acusación de plagio y el despido del acusado por “autoplagio” justifican la campaña? ¿Por qué?

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