La mayoría calificada que se otorgó a Morena y sus rémoras de manera anticonstitucional, así como la reforma judicial, han borrado la separación de poderes, condición esencial de la democracia.
Pero el último clavo de ese ataúd será la contra-reforma electoral – según se vislumbra a partir de las declaraciones de los morenistas –, que seguramente implicará una regresión de varios años en ese tema (si bien habrá que esperar la iniciativa final).
El INE perderá capacidad de organización pero sobre todo autonomía (la poca que le queda) y estará completamente subordinado al Ejecutivo, como cuando Gobernación organizaba las elecciones.
Eso, además de otras medidas que favorecerán el triunfo del partido oficial y debilitarán aún más los partidos oposición, que quedarán – como en los años sesentas- como meramente testimoniales.
De esa forma, se fortalecerá y consolidará un nuevo autoritarismo, con muchas similitudes del viejo priísmo (en realidad, con lo peor de ese régimen), y varias características de los autoritarismos bolivariano.
Los ciudadanos que buscan recuperar el camino democrático, no para dejarlo estancado sino para mejorarlo y fortalecerlo, se preguntan qué puede hacerse frente a eso. Desafortunadamente no mucho.
Supongamos que los fieles ciegos del obradorismo son entre 20 y 25 % (no 80 % como ellos pretenden). Y del otro lado, la ciudadanía politizada, movilizada, informada y pro-democrática es también de ese rango; no son pocos pero no son una mayoría aplastante.
En medio queda aproximadamente un 50 %, parte del cual vota por Morena por los programas sociales (y eventualmente podría dejar de hacerlo) pero la característica principal de ese sector es su desinterés por la política, apatía, desinformación y alejamiento (desde el año 2000 hay un 40 % consistente que no vota en comicios presidenciales y 50 % que no lo hace en los intermedios).
Esos ciudadanos no es que sean abiertamente pro- autoritarios (como sí lo son los morenistas de hueso colorado, cosa que algunos reconocer pero no la mayoría).
Pero tampoco les preocupa mucho la democracia, ni creen que sea un factor clave que influya en sus vidas. Por lo cual tampoco hacen ni harán mucho por restituirla.
Así pues, hay dos polos muy politizados; el morenista y el antimorenista, más o menos en proporciones semejantes. Pero los morenistas tienen muchas ventajas frente a su polo adversario; son bastante homogéneos en su organización visión política y en la estrategia a seguir, pues viene directamente de su dirigencia en la que confían ciegamente.
En cambio los críticos del obradorismo no están organizados, y tienen visiones muy diferentes sobre lo que hay que hacer, pese a compartir un objetivo común; remover a Morena para restituir la democracia.
La oposición está dispersa, debilitada, confrontada e igualmente con visiones muy distintas. Y además, el polo obradorista cuenta con todos los recursos del Estado, tanto legales, institucionales, humanos y financieros, mientras que el polo opositor tiene muy poco de eso. Una competencia sumamente desigual.
Y parte de la debilidad de los disidentes y opositores a Morena es que, entre tanta diversidad de estrategias y propuestas, muchas de ellas (la mayoría) parten de una premisa falsa; que seguimos en una democracia.
Y por tanto, se diseñan planes y escenarios con vistas a remover a Morena por la vía electoral, cosa que difícilmente podrá ocurrir en las actuales condiciones anti-democráticas.
Aunque se lograra convencer a la mayoría de ciudadanos de votar en contra de Morena (y suponiendo que la oposición se presentara unificada, algo sumamente difícil), el partido oficial tendrá los instrumentos suficientes para manipular la elección a su favor, legal o ilegalmente (haiga sido como haiga sido).
De eso ya vimos mucho, pero más adelante será aún mayor esa capacidad. Un ejemplo de una estrategia democrática exitosa lo vimos en Venezuela el año pasado, pero no tuvo efectos, pues no se aplicó en una democracia (en cuyo caso el poder hubiera pasado a la oposición).
Otros países, pese a ser gobernados por gobiernos populistas, han preservado su democracia (Brasil, Argentina, Perú, Bolivia). Pero no México.
De ahí que la minoría demócrata tendrá que pensar en estrategias a partir de la premisa real; que por vía democrática será muy difícil – si no es que imposible – derrotar a Morena.
Se menciona el caso del PRI en el 2000, pero justo eso fue posible porque ya existían condiciones democráticas que van desapareciendo.
Lo cual nos lleva a otra pregunta que exige su propio espacio; ¿cómo caenlos regímenes autoritarios?

