Democracia y resentimiento

La democracia es, por definición, un sistema que descansa en la confianza: confianza en que los ciudadanos decidirán con información suficiente, en que las instituciones funcionarán como contrapesos y en que las reglas serán respetadas incluso cuando el resultado no favorezca a todos. Eso es en teoría, pero de la teoría al hecho hay un buen trecho.

En los siglos XX y XXI, la expansión del sufragio universal fue una conquista histórica. Tras la Segunda Guerra Mundial, el voto universal se consolidó como símbolo de igualdad política. Sin embargo, el voto, por sí solo, no garantiza calidad democrática. Una credencial no sustituye a la educación, la cultura, la inteligencia, ni siquiera al conocimiento mínimo de asuntos comunes.

El problema se agrava cuando en una sociedad predomina el resentimiento social. El resentimiento puede tener raíces legítimas: desigualdad persistente, exclusión histórica, corrupción impune, etcétera. Pero también puede ser alimentado artificialmente por discursos que simplifican la realidad en una narrativa binaria: “ellos contra nosotros”, “pueblo bueno contra mafia del poder”. En ese terreno prosperan liderazgos que no apelan a la razón, sino a la emoción primaria del agravio.

Cuando una población es mayoritariamente inculta, en términos de baja formación crítica, y está mal o superficialmente informada, el voto universal corre el riesgo de convertirse en instrumento de manipulación. No se trata de cuestionar el principio del sufragio igualitario, sino de reconocer que la calidad del voto depende de la calidad del ciudadano informado.

Las redes sociales han profundizado este fenómeno. La información circula sin filtros, pero también sin verificación. Las noticias falsas viajan más rápido que las rectificaciones. La indignación se viraliza; la reflexión, rara vez. En este entorno, el resentimiento encuentra eco inmediato y el debate público se empobrece.

¿Qué se puede esperar de una sociedad dominada por el rencor? En primer lugar, polarización. Cuando el resentimiento es el motor político, el adversario deja de ser un competidor legítimo para convertirse en enemigo moral. La política deja de ser negociación y se convierte en confrontación permanente.

En segundo término, se debilitan las instituciones. Una ciudadanía que vota movida por el castigo o la revancha puede privilegiar propuestas que prometen destruir antes que construir. La tentación de concentrar poder en figuras que “vienen a limpiar todo” crece, al costo que sea.

En tercer lugar, se instala la mediocridad. Si el criterio de elección no es la competencia técnica ni la solvencia moral, sino la capacidad de encarnar el enojo colectivo, la calidad del liderazgo inevitablemente se resiente.

El diagnóstico nos llevará a un tratamiento utópico, eso hay que aceptarlo; resulta difícil entender que no es elitismo ni desprecio por la voluntad popular; sencillamente el desafío consiste en elevar el nivel de la ciudadanía, no en reducirla; ¿Fácil? No, definitivamente no, ¿Dificil? En extremo.

Una democracia sólida requiere educación cívica sostenida. Desde la escuela primaria debe enseñarse no solo la mecánica electoral, sino el valor del pluralismo, la importancia de la evidencia y la responsabilidad del elector. La alfabetización mediática es hoy tan crucial como aprender a leer y escribir.

También se requiere un periodismo profesional y ético que contraste datos y evite la tentación del sensacionalismo. Sin información confiable, el ciudadano queda a merced de emociones colectivas manipuladas.

Finalmente, es imprescindible atender las causas del resentimiento. La desigualdad extrema, la corrupción impune y la falta de movilidad social no son invenciones propagandísticas; son realidades que erosionan la cohesión social. Ignorarlas solo fortalece discursos radicales.

¿Qué podemos esperar de una sociedad dominada por el rencor y la desinformación? Inestabilidad, decisiones erráticas y ciclos de decepción recurrente. La historia demuestra que las democracias no nacen perfectas; se perfeccionan o se degradan según la responsabilidad de sus ciudadanos.

La democracia no es solo el derecho a votar. Es la obligación de informarse, deliberar y asumir las consecuencias colectivas de las decisiones. Si el resentimiento sustituye a la razón, la democracia se deteriora. Si la educación y la responsabilidad cívica se fortalecen, la democracia se ensancha. El destino no está escrito en la papeleta; está en la cultura y la conciencia de quien la deposita.

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