El Rito sin Ritual

Televisión, Telenovela e Impacto Social

 

Es posible imaginar la escena: En una cafetería del aeropuerto de la Ciudad de México, una actriz espera que anuncien la salida de su vuelo mientras toma una bebida y hojea una revista. Hay poca gente, y ella disfruta su lectura y la tranquilidad del sitio hasta que percibe que alguien se ha acercado y detenido al lado suyo. La actriz voltea, amable, creyendo que le pedirán un autógrafo, hasta que nota que se trata de una mujer madura, bien vestida, que la contempla con furia. “¿Sucede algo, señora?” le pregunta, inquieta. Los ojos de la mujer destilan odio mientras la increpa con dureza: “¿Por qué es tan mala con su madre…?” y sin darle oportunidad de contestar, levanta su bolso para golpearla. La actriz apenas tiene tiempo de subir las manos para cubrirse el rostro. El golpe le voltea una uña. La señora se aleja, ufana de haber castigado a una perversa y vengado un agravio.

La actriz es Yolanda Andrade; su agresora es una de las numerosas espectadoras de la telenovela “Retrato de Familia”¹, donde Yolanda da vida a la malvada Elvira Preciado, quien odia a Cecilia Mariscal, su madre, y ha jurado destruirla porque está convencida de que se alió con Esteban Acuña, su enamorado, para dar muerte a Agustín Preciado, el esposo de Cecilia y padre de Elvira. Cualquier semejanza con la Electra de Eurípides no es mera coincidencia, pues sirvió de modelo para elaborar la trama, pero la diferencia esencial entre esa tragedia griega y esta telenovela no es su adaptación a la época actual, sino los efectos sociales que suscitó al llegar a los hogares durante su transmisión al aire, primero en México y luego en una veintena de países; y unos años después en España, donde el relato y sus personajes se adaptaron al contexto de la ciudad de Valladolid, y fue rebautizada como “El Secreto”².

En el teatro o en el cine, a ningún espectador se le ocurriría castigar la vileza de un personaje agrediendo al actor que lo interpreta, pues en ambos medios espectaculares, la convención escénica está bien clara y a la vista, pero en la televisión, las cosas cambian: En el interior de muchos espectadores de la TV, hay algo que altera la percepción del juego de realidades alternas llamado ficción, y que a veces se manifiesta de manera tan radical, que llega a provocar reacciones extremas como la de la mujer madura en el aeropuerto de la Ciudad de México. En ocasiones, a las oficinas de la producción de alguna telenovela, han llegado mensajes solicitando los datos del médico ficticio que curó de tal o cual enfermedad a un personaje, o bien dando pésames y condolencias por un fallecimiento que solo ocurrió en la invención efímera, supuestamente deleznable, de un melodrama de televisión.

De alguna forma misteriosa, los espectadores habituales de telenovelas están convencidos de la existencia cuasi tangible de sus personajes favoritos; y no se trata de casos aislados: los televidentes que reaccionan ante una ficción como si fuera una realidad, son cientos de miles. Tampoco se trata, como podría conjeturarse, de personas ingenuas o con un nivel educativo muy básico, pues quienes así reaccionan, son gente de todos los niveles sociales; personas que creen, tal como lo creyó Don Quijote frente al Retablo de Maese Pedro³, que esa imitación de la vida llamada espectáculo, es tan inmediata e imperiosa como la realidad cotidiana.

Grabado de Gustavo Doré del capítulo XXVI de Don Quijote de La Mancha.

Ahora bien; ¿por qué cosas como estas, solo parecen ocurrir frente al televisor? ¿Ver la televisión causará alguna forma de locura, como leer libros de caballerías se la causó al Ingenioso Hidalgo de la Mancha? Pudiera ser, porque este Síndrome de Don Quijote -llamaré así a este fenómeno de confusión/sustitución de realidades- sucede a diario y en todo el mundo.

Para demostrarlo, baste con atestiguar la popularidad, casi veneración, con la cual los actores y actrices que interpretan a los protagonistas de algunas telenovelas mexicanas, son recibidos en países de Sudamérica, Europa o Asia, en donde nuestros melodramas han colonizado pantallas e imaginaciones, llevando en más de veinte idiomas el llanto y la ilusión amorosa nuestras de cada día. Conviene, entonces, intentar una revisión, aunque sea mínima, de la manera como sucede la transferencia emotiva y cuasi mística, que permite a la televisión impactar de manera tan poderosa el inconsciente colectivo.

A casi un siglo de haber iniciado transmisiones hacia un público asombrado y fascinado de ver en su propio hogar imágenes en movimiento y a distancia, la televisión sigue permeando la vida y el quehacer cotidiano de cientos de millones de personas en todo el mundo, y continúa medrando no sólo en la industria del entretenimiento, sino en todos los ámbitos del quehacer humano. Las estrellas del espectáculo, el deporte y las artes, le deben en buena medida su prestigio; e incluso la religión y la política usan al televisor como herramienta proselitista.  El televisor se ha vuelto nuestro testigo, nuestra ventana al exterior y al interior, nuestro cómplice y nuestro confidente; el catalizador de sueños y el fabricante de mundos posibles. A pesar de las nuevas tecnologías, incluida la internet, ningún otro medio de comunicación ha logrado aún superar su capacidad de seducción ni su omnipresencia, pues incluso el streaming digital aterriza y muestra su imaginería a través de las pantallas domésticas, cuyas dimensiones insólitas ahora van de las seis a las cien pulgadas diagonales, gracias a la tecnología de diodos emisores de luz.

El mundo concebido como una aldea global, como un espacio sin fronteras para el intercambio de ideas, personalidades e intereses, comenzó a instaurarse y a crecer a principios del siglo pasado, aprovechando lo inmediato de los mensajes televisivos. La televisión incide en la manera como el ser humano se contempla a sí mismo, ajustando el enfoque y la ruta de las miradas dirigidas a nuestro propio interior, reconfigurando así nuestro panorama social. El televisor nos dice cómo, dónde y por qué debemos mirarnos, pues su capacidad persuasiva rebasa y desborda la de cualquier otro espectáculo; y no porque sus recursos narrativos sean mágicos o extraordinarios, sino -según lo propongo en este ensayo- porque la televisión es el único rito escénico que carece de un protocolo ritual.

Analicemos: al templo, al teatro y al cine se acude en condiciones parecidas: hay una formalidad y una logística -quizá mínimas, pero imprescindibles- para que el espectador pueda participar en estos ritos escénicos comunitarios, ya que los tres requieren de disponer ciertos rituales previos: un arreglo personal, un estado de ánimo, ajustar un horario y preparar una cuota para, finalmente, trasladarse a un lugar específico con el fin de reunirse en asamblea con un grupo humano diverso y anónimo, pues en los templos, los teatros y los cines se convive usualmente con extraños: con semejantes, pero no con iguales; quizás con conocidos, pero no necesariamente con familiares.

“Corona de lágrimas”,
telenovela mexicana creada por Jesús Calzada y producida por José Alberto Castro.

Como resultado, dichos acuerdos rituales generan un estado automático de alerta, una cierta cautela que nos mantiene conscientes de que entre el rito social y sus copartícipes hay un cierto protocolo y una cierta distancia; ambos aspectos, regulados por una convención escénica que consiste en aceptar como real lo imaginario.  Y hablo de aceptar, no de creer, porque son ámbitos diferentes regidos por diferentes estratos de la inteligencia. Como resultado, las personas que gestionan estos ritos sociales nunca dejan de ser percibidas como intérpretes ni el espectáculo como una escenificación, y sucede así incluso en los templos, donde a pesar de que el ritual se considera sagrado, es muy raro el feligrés que participa en un rito religioso con un fervor sobrenatural. En todo caso, si participamos en los ritos comunitarios, es más que nada porque nos cohesionan con el grupo social al que pertenecemos.

Pero ante el televisor sucede algo diferente, algo muy especial: al carecer de protocolo ritual previo, sus mensajes, propuestas e imaginería llegan al espectador sin mayor esfuerzo o planes que ponerse frente a una pantalla y pulsar botones: no es necesario disponer el ánimo para convivir con extraños, pues la TV puede verse en la intimidad del hogar, y gracias a la transmisión en streaming, el horario se ha vuelto totalmente flexible; y en cuanto al pago de cuotas, los costos de la recepción se asimilan al gasto mensual doméstico. Por supuesto que tampoco requiere de vestirse de alguna manera; es más, ni siquiera es forzoso ponerse ropas, pues, aunque los personajes de la televisión están frente a nosotros, sabemos que no pueden vernos. No hay, en suma, distancia exterior o interior alguna entre el televisor y su público: en consecuencia, la televisión no es percibida como un rito social, sino como una extensión natural del ámbito familiar, como sucede con la visita de un amigo cercano.

Mi teoría al respecto es que de estas características claramente atípicas para presenciar un espectáculo, de este rito sin ritual, proviene la capacidad del televisor para persuadir y para ser inmediato; pues sólo la absoluta y casi incondicional integración del espectáculo televisual con la intimidad del espectador, es capaz de explicar la entrega espontánea y apasionada de su público. Asimismo, por su inserción automática en la “burbuja de seguridad” hogareña, el televisor llega a ser visto como un miembro más de la familia. Para demostrarlo, baste con señalar que ningún otro aparato casero ha gozado de los privilegios que se conceden al televisor: se le engalana, se le exhibe, se le presume; se busca elevar su estatus y sus dimensiones, se le escoge un sitio de privilegio o de confort, como la sala o la recámara, y se lo invita incluso a los recintos más privados de un hogar, como la cocina o el baño, porque ningún espacio doméstico debe estarle vedado a un amigo tan íntimo.

Además, por la categoría de miembro distinguido del hogar que se concede al televisor, se invitan amigos a compartir su amenidad, se le comenta con entusiasmo, se le compara y se le envidia. Sólo a la radio de la primera mitad del sigo XX, se le confirió un estatus semejante y fue por las mismas razones, pero su primacía duró escasos veinte años, pues antes de 1930 los aparatos de radio eran una rareza en los hogares, y luego, hacia 1950, el televisor hizo acto definitivo de presencia y prueba de seducción. Nuevos amores matan los viejos; y por ello la radio ha perdido en buena medida su estatus de narrador doméstico fundamental: cada vez son menos las estaciones que transmiten programas de charla, y aún más escasas, las que difunden relatos creados para excitar la sensibilidad y la imaginación: La radionovela ha muerto, viva la telenovela.

Lo anterior lleva a preguntarse que, si así como la radio ha quedado reducida a la función de boletín de noticias, porque ya hasta la música se escucha por otras vías tecnológicas, ¿algún día el televisor quedará reducido a la función de álbum de estampas?  No parece probable, pues aunque las redes y los demás recursos de la Internet siguen ganando terreno en los hogares, todavía parece lejano el horizonte de su difusión masiva, porque para acceder a la Internet en la computadora, la tablet o el celular, es necesario un ritual iniciático que requiere de un cierto adiestramiento logístico, así como de una cuota y de una cierta ubicación geográfica, pues no en todos lados “hay buena señal”.  La televisión, en cambio, cada día es más accesible: el control remoto eliminó el esfuerzo de acercarse al aparato para encenderlo, cambiar canales o modificar el volumen, y la distribución de señales por cable, microonda o flujo digital acabaron con la necesidad, a menudo frustrante, de reorientar una antena para mejorar la recepción; y por otra parte -ironía de ironías- la televisión ya ha colonizado la computadora, la tablet y el celular mediante la transmisión de programas en “plataformas digitales”.

En poco menos de un siglo, el televisor se ha convertido en uno de nuestros dioses penates más importantes; es premio y castigo, motivo de orgullo o de vergüenza, posesión gozosa, artículo de primera necesidad; la anécdota de la familia que ante un desastre rescata al televisor antes que a la abuela, ha perdido su humor negro para convertirse en una posibilidad perturbadora: En mayo de 2013, la ciudad fronteriza de Tijuana se rebeló contra sus autoridades por el aviso inminente de que los televisores análogos dejarían de funcionar; y sus ciudadanos organizaron una manifestación de protesta muy semejante a cuando se exige la liberación de un inocente. Por supuesto que las autoridades dieron marcha atrás, y postergaron el “apagón analógico”5; y luego, para evitar otra revuelta social, regalaron medio millón de decodificadores de señal y hasta televisores digitales para compensar la obsolescencia de los aparatos analógicos, y en fechas más cercanas6  nuevas revueltas, ahora derivadas de un súbito incremento en el precio de la gasolina, llevaron a turbas enfurecidas a saquear tiendas departamentales; y el botín predilecto en los más de 500 actos de rapiña ocurridos en diez entidades, fue un televisor. En este caso, ¿qué tuvo que ver una cosa con la otra? Misterio: sólo los saqueadores lo supieron y el televisor les guardó el secreto.

El dramaturgo alemán Bertolt Brecht quería que el arte teatral propiciara el debate sobre los conflictos y condiciones sociales, no sobre los sentimientos de los personajes; quería que el público pudiera entenderlos y juzgarlos, pero sin conmoverse. Con ese propósito, desarrolló un movimiento escénico destinado a aislar lo espectacular de lo real mediante un distanciamiento7  crítico: La televisión, entonces, es el espectáculo más anti-brechtiano posible, pues para expresarse adecuadamente, requiere del compromiso emotivo de su público. Al igual que le sucedió a Don Quijote con los libros de caballerías, la inmersión del espectador en el discurso del televisor resulta en la articulación automática de un medio inmediato, concepto que pareciera un oxímoron, pero es una paradoja. Con ello, el televisor se convierte en el dictador emotivo por excelencia porque, como lo dije líneas arriba, su rol es cada vez más el de un miembro de la familia que el de un aparato doméstico.

Ahora bien, ¿qué clase de miembro de la familia es el televisor?  Sus avatares son muchos y trascienden su función primigenia: es nana para los niños, consuelo del insomne, refugio del desamado, compañía del solitario. Y también es la opción predilecta para fugarnos de realidades insatisfactorias, la mejor vía para olvidarnos, aunque sea por unas horas, de que a los ojos de nuestros gobiernos somos una cifra, un factor probabilístico, un votante o un pagador de impuestos; y a pesar de los anatemas que se lanzan en su contra, la televisión no es la responsable directa de los procesos de enajenación social: la reducción del individuo a un artículo más del inventario estadístico, no se debe al televisor sino a la manera en que nos hemos constituido como sociedad. Tampoco puede culparse al televisor del bajo nivel cultural y educativo de un país, pues ambas tareas corresponden al Estado; baste para demostrarlo, el perfil sociocultural de la programación de TV en las naciones que disponen de un buen nivel pedagógico. La televisión, nos guste o no, es el espejo de nuestros errores y aciertos sociales, el fedatario de nuestros horizontes, gustos y preferencias. El escritor y crítico inglés Clive Barnes, lo señaló con precisión:

“La televisión es la primera cultura genuinamente democrática, asequible a cualquiera y totalmente gobernada por lo que quiere la gente. Lo aterrador, es lo que la gente quiere…”8

En cuanto al tema central de este ensayo, la telenovela, es quizás el producto más satanizado del televisor, porque comparte e incluso supera la mala fama cultural de su género madre: el melodrama. Pero la verdad es que las telenovelas son tan buenas o malas como la capacidad profesional de sus creadores, tal y como sucede en todos los productos artísticos. Hay buen y mal melodrama así como hay buena y mala educación sentimental, pues la temática de lo primero se nutre del nivel de lo segundo.  Conmoverse es un privilegio del espíritu, y dejarse encantar por una frase amorosa es un entusiasmo inescapable al corazón humano: El que esté libre de cursilería, que arroje su primer poema.

El melodrama sigue esquivando las definiciones, porque los estudiosos de las artes escénicas siguen desdeñándolo por su naturaleza eminentemente popular. En los escasos documentos académicos que lo mencionan, casi siempre se evidencia un afán apresurado por señalar que es un “subgénero” sin gran mérito dramático; pero lo que nadie, ni siquiera los teatrólogos más esnobs han podido soslayar, es la permanencia, influencia y poder transformador del entorno social de que dispone, porque el melodrama es una herramienta social: Fue el impacto social de una novela melodramática, Oliver Twist, lo que llevó a humanizar los orfanatos de Inglaterra, a prohibir el trabajo infantil y a establecer un tribunal especial para juzgar a los niños delincuentes, también fue una novela romántica -es decir, de estilo literario melodramático- llamada Los Miserables, lo que impulsó cambios notables en la impartición de justicia en Francia, donde nunca más un hombre sería condenado a cinco años de cárcel por robar un trozo de pan, y ya en los años 40 del siglo XX, un melodrama radiofónico, El Derecho de Nacer, tuvo en vilo a la sociedad cubana cuando la Iglesia de la isla caribeña intervino para exigir que se cambiara el desenlace original, lo que derivó en un debate nacional sobre justicia y religión.

“El derecho de nacer” (México, 1966) Eusebia Cosme y María Rivas.

Dos décadas más tarde, en México, cuando este melodrama del escritor cubano Félix B. Caignet fue adaptado a la televisión9, la actriz Eusebia Cosme se asombraba de que, cuando iba de compras, casi todo terminaba saliéndole gratis, pues por más que se esforzaba en pagar, muchos comerciantes se negaban a tomar su dinero: ¿cómo atreverse a cobrarle un solo centavo a Mamá Dolores, la negra devota de la Virgen de la Caridad del Cobre, que fue capaz de dar amor de madre, y hasta su apellido, a un hijo ajeno?  Y aún más sorprendente: para el público de El Derecho de Nacer, Eusebia Cosme y Mamá Dolores eran a la vez independientes y simultáneas, una dualidad comprensible, incluso lógica; la habían visto dar cariño y cuidados a cambio de humillaciones y sufrimientos, y con eso bastaba. Y aunque sus pesares y su abnegación tenían un guionista, un director escénico y una cámara de televisión de por medio, a los ojos del público, el personaje trascendía a la actriz para conferirle un estatus de Mater admirabilis.

De Mamá Dolores a Elvira Preciado puede haber medio siglo de distancia, pero sus respectivos personajes comparten un mismo sistema de sensibilidades que las aproxima y explica: la telenovela, un lenguaje simbólico universal que impacta de manera nítida la emotividad del espectador desafiando la lógica, porque no se puede ser emotivo y racional a la vez. De la misma manera en que el amor puede considerarse una disfunción mental porque distorsiona la percepción de la realidad, el melodrama puede considerarse una visión social alterna, que ilumina y esclarece nuestra emotividad cuanto más distorsiona lo real cotidiano. No se trata de que el corazón humano tenga, o no, una cáscara vulnerable de sensiblería, sino de que los impactos de una realidad que pareciera estar empeñada en frustrarnos, nos lanzan hacia los ámbitos reconfortantes del melodrama.

En todo caso, si por prejuicios culturales se acusa al televisor de enajenar al público, el futbol debería ser el paradigma de dicha enajenación, no la telenovela, pues el espectáculo de mayor rating en los televisores nacionales, es el futbol. Por lo mismo, no ha llegado ni llegará el día en que una muchedumbre salga enardecida a la calle, entorpeciendo el tránsito y pintarrajeando todo a su paso, porque la heroína de su telenovela favorita derrotó a la villana por tres bofetadas a cero; y quien se queje de que en las telenovelas la trama y los personajes se repiten mucho, es porque no ha visto suficiente futbol. En una época donde las únicas buenas noticias aparecen –y no siempre- en la sección deportiva de los diarios, todos deseamos acceder a la justicia y a la recompensa, a triunfar sobre la adversidad, a encontrar un gran amor y a realizar lo irrealizable; aspiramos, en suma, al mejor de los melodramas: el nuestro, con su justicia poética y su final feliz.

Hubo una época en que la televisión mexicana ofrecía al espectador una extensión del hogar rumbo a lo descomunal y a lo conmovedor. Programas “de variedades” con músicos que sabían de música y cantantes que sabían cantar; cómicos con genuina gracia, apoyados por libretistas con agudeza e ingenio; programas de charla que invitaban a la reflexión, no al regodeo en la miseria ajena o a la exhibición de vicios privados en la picota pública. También había telenovelas cuya finalidad era conmover, no solo escandalizar. Hoy en día, las aguas del melodrama televisual están turbias, contaminadas con los ámbitos enervantes de la corrupción política y el triunfo del hampa; aspectos sinérgicos en los argumentos actuales: las que antes eran series dramáticas, ahora se hacen pasar por melodramas románticos. En vez de evolucionar hacia la mejoría de sus recursos expresivos, la telenovela actual parece avanzar con pie incierto hacia su propio declive, pues en las nuevas propuestas domina la pirotecnia, no la sustancia emotiva, abunda el oportunismo sensacionalista, no el compromiso social.

El ilusorio “estilo realista” de algunas telenovelas de hoy en día, podrá estar de moda y por lo mismo, resultar atractivo, pero nunca lo novedoso será tan duradero como lo sustancioso, y el temible dios Rating así lo manifiesta, descendiendo a diario. El público del melodrama televisivo tiene una sensibilidad y una inteligencia emocional que las empresas productoras hacen mal en desdeñar; y sobre todo, tiene un apego, casi una devoción, por el estilo y el formato típicos del melodrama audiovisual; y por ello, su mirada sigue alejándose de la pantalla, conforme la telenovela se deforma y se desgasta en manos imprudentes.

Es responsabilidad ineludible e imperiosa de los creadores de programas de televisión, preocuparnos por comprender cada vez más y cada vez mejor, la naturaleza peculiar e insólita de un medio de comunicación que puede ser, a la vez, espectáculo familiar y miembro de la familia, así como comprometernos en la tarea de hacer de dicho medio no sólo un elemento de identidad, sino un genuino transformador social y un testigo idóneo de personalidades, tiempos e inquietudes.

Madrid, febrero de 2018 / Ciudad de México, abril de 2026.


¹Escrita por Jesús Calzada, producida por Televisa en 1995. Premiada como mejor telenovela por el diario Reforma en 1996.

²Producida y transmitida en España por TVE1, en 2001. Nominada al premio INTE como mejor telenovela en 2002.

³Me refiero al episodio del Cap. XXVI, Segunda Parte, “Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas”, cuando Don Quijote defiende a don Gayferos y a la fermosa Melisendra de la persecución mora, como si los títeres y el teatrino fueran personas y lugares genuinos.

4 Rito: costumbre o acto que se repite siempre de forma invariable. Ritual: conjunto de prácticas ceremoniales que regulan la celebración de un rito.

528 de mayo de 2013 en Tijuana, Baja California. México fue el primer país latinoamericano en “apagar” la señal analógica.

6Entre el 3 y el 6 de enero de 2017.

7Sin embargo, luego escribió “Madre Coraje” y “La Ópera de Tres Centavos”, donde esto es prácticamente imposible.

8“Television is the first truly democratic culture, the first culture available to everyone and entirely governed by what the people want. The most terrifying thing is what people do want.” (New York Times, December 30, 1969).

9Adaptada y producida por Televisa en 1966.

 

 

Autor

  • José Jesús Calzada Gómez (San Luis de la Paz, Guanajuato, 1950) Realizó estudios de Teatrología y Dramaturgia en la Universidad de París (Sorbona), así como diplomados sobre lenguaje visual y géneros cinematográficos. Es autor teatral desde 1978 y guionista de televisión desde 1985. Ha recibido premios por su trabajo en ambas disciplinas.

    De 2016 a 2020 presidió la Sociedad General de Escritores de México y fue Secretario de la Coalición por el Acceso Legal a la Cultura, así como consejero de la asociación Writers and Directors Worldwide, y socio fundador de la Federación de Sociedades de Autores Audiovisuales de Latinoamérica. Actualmente es Comisario de Honor y Justicia por la rama de Televisión, en la SOGEM.

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