Sí, también el capo tiene su aura erótica

Si mata, es porque no le queda de otra. Cuando el villano torna en héroe es porque aceptamos que no tuvo opciones. No es necesario cuestionarlo, sino asimilarlo. Es indiscutible que no se puede exigir un estricto apego a lo periodístico en la aventura de Penn y la entrevista posterior. No se puede soslayar que si el reportero está frente al criminal, difícilmente este último permitirá que se le cuestione de verdad. Muy probable es que se apueste la vida en ese momento, y que una pregunta incómoda resulte, más que en una amenaza, en una sentencia de muerte.

 

También podrían los editores de la revista usar el mismo argumento para excusarse de haber sometido a Guzmán Loera la revisión y autorización de la entrevista. Quién sabe qué habría podido ocurrirles si se negaran a ello. Pero sabían con quién interactuaban y así jugaron su juego. Lo importante era lograr la publicación. Ganar la nota, diríase, y ahí el periodismo se fue al caño.

 

No es envidia, hay que reiterarlo, porque quienes alaban la publicación han fustigado con ese argumento a quienes abiertamente han criticado –como se hace aquí– el texto y la forma en la que fue obtenido. Es una crítica a un criterio editorial que parecía buscar el espectáculo y dar pie además a la gran producción fílmica sobre la vida de uno de los líderes del Cártel de Sinaloa.

 

Lo que sí hay es indignación. Una indignación justificada sobre la horrenda base de la cifra de más de cien periodistas muertos, 18 desaparecidos, un número no cuantificable de autoexiliados o extraídos por organismos internacionales de protección a periodistas, más otra cifra desconocida de los que han renunciado a la profesión o siguen en ella, pero prestándose a las veleidades de líderes del narcotráfico que bajo amenazas los hacen operar para ellos.

 

Muchas de esas víctimas, probablemente a consecuencia de órdenes de subalternos de Joaquín Guzmán Loera, o de él mismo. Es difícil saberlo con exactitud, pero sería ingenuo no considerarlo.

 

Cuando Penn, mientras orina en un momento de la visita al refugio del capo y mira su pene pensando en que podría perderlo, que podría ser el último momento en que lo viera, deja de lado los cadáveres de reporteros y periodistas encontrados en fosas repartidas en una vasta extensión de la República Mexicana. Cuerpos mutilados, decapitados, con severas huellas de tortura. Ignora y casi borra a las familias de esos reporteros, a sus parejas, padres, madres o sus hijos.

 

Rolling Stone buscó vanagloriarse con la entrevista de uno de los personajes que ha sido causa directa o indirecta de la necesidad de escribir decenas de crónicas a manos de reporteras y reporteros mexicanos sobre las víctimas del narcotráfico, sobre familiares de esas víctimas, o sobrevivientes de atentados, de los perores terrores: desapariciones, extorsiones, secuestros, torturas, muertes por balas perdidas.

 

Crónicas narradas por muchos periodistas de este país, arriesgándose a las consecuencias bien sabidas de contar lo que se vive en México, desde la inseguridad de México, lejos del starsystem y las posibilidades de estar mejor protegidos institucionalmente en Estados Unidos. Sin intermediarios, sin que nadie los invite. Con un criterio editorial que sí arriesga y no falla.

 

Epílogo:

 

La construcción del mito hollywoodense: Exteriores. En pleno día. Un lugar perdido entre la sierra, en el estado de Sinaloa, México. Kate del Castillo toma la mano de “el Chapo”, lo atrae por última vez y lo abraza. Él le agradece poder haberse reflejado por última vez en sus ojos, antes de tener que huir de nuevo.

 

Se escuchan tiros a lo lejos. Los integrantes del grupo que acompañan a “El Chapo” corren en todas direcciones.

 

Joaquín Guzmán Loera-personaje:

 

“Recuerda, querida: Yo no causo problema, yo solo me defiendo, el problema es el gobierno, ese al que ustedes le dan todo el poder, ese gobierno que pide su tajada y luego se hace como que no sabe nada y viene a buscarme.

 

“El problema es la falta de trabajo y la miseria que el gobierno paga mientras ellos se llenan de dinero.

 

“En donde yo me crie no había ni hay otra manera de sobrevivir, no hay otro camino, el gobierno es el problema los que creen en el son el problema, no yo”.

 

Sus palabras suenan al viento, mientras da una última mirada a su tierra, en la que forjó su ser. Sube a una camioneta y se pierde en un camino rural, sin destino a seguir huyendo, víctima de sus circunstancias.

 

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