Los primeros días de este año han sido prolijos en ejemplos sobre las distorsiones noticiosas en las que llegan a incurrir varios medios de comunicación cuando su resorte principal es la consigna de defenestrar al otro, lo mismo por convicciones políticas que simple y llanamente soliviantados por el dictado de algún actor político interesado en el desprestigio de ese otro. Más allá de ese tipo de reyertas que se gestan tras bambalinas, es decir, sin el conocimiento de las audiencias, lo que se deteriora es la calidad informativa.
Cualquiera en su sano juicio puede entender a los medios de comunicación como agentes empresariales que por esa condición se desempeñan como actores políticos, incluso puede comprenderse que los medios mismos, sean parte de conflictos entre empresarios, por citar un ejemplo, entre la compleja maraña de intereses en la que se desenvuelven las empresas mediáticas. Nuestro reparo es cuando en aras de esa promoción de intereses distorsionen la información y además, sobre esa base, se erijan en aquella suerte de tribunal de la que en la edición impresa de febrero nos referimos con precisión.
Todo parece indicar que movidos por sus consignas políticas, los medios incurriran en crasos errores que atentarán, como está sucediendo ya, contra su propia reputación. Al tiempo.
