Hace días, como lo comenté aquí, el científico social John Ackerman llegó a la conclusión de que, aliada a las revistas Alarma! y a la cadena Televisa, Letras Libres se dedica a promover la ignorancia de los mexicanos.
En otro escrito me referí luego a la emocionada semblanza del científico social que acometió Elena Poniatowska en un digno diario que no promueve la ignorancia. (No deja de ser curioso que esa misma Televisa que sí promueve la ignorancia lleve años transmitiendo la serie “En la opinión de Elena Poniatowska” .)
Y luego celebré aquí la enjundia con que las familias Ackerman y Sandoval combaten el nepotismo, y la casualidad de que lo hagan siempre unidas.
Bueno, como publiqué esto en la página web de Letras Libres, el señor Ackerman concluyó científicamente que yo soy un achichincle de Enrique Krauze y un escritor “de quinta”.
¿Por qué será que cuando se molestan los ideólogos de la igualdad social recurren de inmediato a vituperios clasistas? Es una paradoja significativa: mientras más decididos están a salvar al pobre, más rápido convierten los oficios de pobre en un insulto de burgueses: lacayo, siervo, palafrenero, caballerango, criado, sirviente, chaflán. Un clasismo instantáneo (por innato) que convierte al justiciero en una lady pomadosa que regaña a la servidumbre de su casa de Tepoztlán.

