Muchos consideramos a Donald Trump como un auténtico chivo en cristalería que puede provocar mucho daño en el mundo. Pero en México tuvimos nuestro propio chivo en cristalería. A poco de llegar al poder Andrés López Obrador, el gran cartonista Paco Calderón publicó una caricatura en la que un chivo con la cara de Amlo entraba a una cristalería. Arriba habían dos inocentes pajarillos, uno de los cuales le decía al otro, “Hay que darle el beneficio de la duda”. Sí, como muchos hicieron en 2018 (y después se arrepintieron, si bien sigue habiendo muchísimos que no ven al chivo destruyendo los cristales, sino al mejor presidente de la historia).
Y en efecto, al poco tiempo empezó el chivo a reventar todo lo que tocaba; el aeropuerto de Texcoco, que resolvería los crecientes problemas del de la Ciudad de México Benito Juárez y estaba avanzado. Pagó un dineral para destruirlo, aparte de lo que se tuvo que pagar por el AIFA que ni de lejos ha resuelto los problemas del de la Ciudad (que al contrario, exige más dinero para medio funcionar).
Tomó poco después el dinero del Fonden (para desastres naturales) cuyo objetivo era que de necesitarse, hubiera recursos para de inmediato ayudar a la población afectada. No le importó. Siguió con algunas instituciones autónomas del Estado, sea para subordinarlas, como la CNDH – donde llegó una militante de Morena sin tener los votos suficientes en el Senado – y destruyó el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INNE), anunciando el descuido que tendría hacia la educación -que ha bajado de nivel en cantidad de alumnos y calidad -.
Muy pronto también el chivo populista destruyó el Seguro Popular, los comedores comunitarios y las Estancias Infantiles, alegando corrupción (sin ningún indiciado), con lo cual afectó a los sectores que decía defender. La destrucción siguió atacando, doblando o desapareciendo otras instituciones autónomas, como más recientemente hizo con la Cofece (que cuidaba condiciones de competencia) el Coneval (que medía la pobreza de manera autónoma), y el INAI (Transparencia) que también cumplía una función esencial para vigilar el gasto gubernamental. Vino también el gran desabasto de medicamentos que no ha podido recuperarse hasta ahora, provocando varias muertes evitables.
Dijo también que no endeudaría más al país, y casi duplicó la deuda pública, pero a tasas de interés más altas de las que regían antes (y también cuadriplicó la deuda de Pémex, sin lograr sacar adelante a la empresa). Repartió distintas responsabilidades administrativas al Ejército y la Marina bajo la premisa de que tales instituciones eran incorruptibles (pero eso le permitió también ocultar los gastos en esas tareas, por ser de “seguridad nacional”). Lo que logró fue pudrir tanto al Ejército como a la Marina, como ha quedado más que claro.
Ofreció resolver la inseguridad pero la empeoró al dejar hacer al Crimen Organizado lo que quisiera, respetando sus “derechos humanos” (es decir, preservando su impunidad, salvo excepciones exigidas por EEUU).
Políticamente ni se diga. Destruyó poco a poco la democracia, y sólo falta apretar algunas tuercas. Logró cooptar en los últimos años tanto al INE (que resistió por varios años), y al TEPJF (que también ofreció resistencia algún tiempo). A través de ese control, ordenó que en la elección de 2024 esas instituciones violaran el artículo 54 de la Constitución para darle a Morena y sus aliados una ilegal mayoría calificada – prohibida en dicho artículo- con 20 puntos más de los que obtuvo en las urnas. Y por definición, si una fuerza política puede cambiar la Constitución por sí misma, ya no hay democracia. Con ello desapareció en automático toda autonomía del Poder Legislativo.
Y ya con esa mayoría, su sucesora siguió con el proyecto autocrático que se fijó el chivo destructor, subordinando al Poder Judicial – aunque en un ejercicio barnizado de elección popular –, con lo cual ya no hay la división de poderes propio de la democracia. Y esa anti-constitucional mayoría calificada continuará fortaleciendo un autoritarismo más rígido, con una reforma electoral a modo y avanzando gradualmente en la censura a críticos y opositores. Así pues, el chivo destructor logró su propósito de desmantelar la democracia que hipócritamente ensalzaba por años. ¿Cómo y cuándo se podrá reconstruir lo destruido por semejante chivo enloquecido?
CHIVO EN CRISTALERÍA
Muchos consideramos a Donald Trump como un auténtico chivo en cristalería que puede provocar mucho daño en el mundo.
Pero en México tuvimos nuestro propio chivo en cristalería. A poco de llegar al poder Andrés López Obrador, el gran cartonista Paco Calderón publicó una caricatura en la que un chivo con la cara de Amlo entraba a una cristalería.
Arriba habían dos inocentes pajarillos, uno de los cuales le decía al otro, “Hay que darle el beneficio de la duda”.
Sí, como muchos hicieron en 2018 (y después se arrepintieron, si bien sigue habiendo muchísimos que no ven al chivo destruyendo los cristales, sino al mejor presidente de la historia).
Y en efecto, al poco tiempo empezó el chivo a reventar todo lo que tocaba; el aeropuerto de Texcoco, que resolvería los crecientes problemas del de la Ciudad de México Benito Juárez y estaba avanzado.
Pagó un dineral para destruirlo, aparte de lo que se tuvo que pagar por el AIFA que ni de lejos ha resuelto los problemas del de la Ciudad (que al contrario, exige más dinero para medio funcionar).
Tomó poco después el dinero del Fonden (para desastres naturales) cuyo objetivo era que de necesitarse, hubiera recursos para de inmediato ayudar a la población afectada.
No le importó. Siguió con algunas instituciones autónomas del Estado, sea para subordinarlas, como la CNDH – donde llegó una militante de Morena sin tener los votos suficientes en el Senado – y destruyó el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INNE), anunciando el descuido que tendría hacia la educación -que ha bajado de nivel en cantidad de alumnos y calidad -.
Muy pronto también el chivo populista destruyó el Seguro Popular, los comedores comunitarios y las Estancias Infantiles, alegando corrupción (sin ningún indiciado), con lo cual afectó a los sectores que decía defender.
La destrucción siguió atacando, doblando o desapareciendo otras instituciones autónomas, como más recientemente hizo con la Cofece (que cuidaba condiciones de competencia) el Coneval (que medía la pobreza de manera autónoma), y el INAI (Transparencia) que también cumplía una función esencial para vigilar el gasto gubernamental.
Vino también el gran desabasto de medicamentos que no ha podido recuperarse hasta ahora, provocando varias muertes evitables.
Dijo también que no endeudaría más al país, y casi duplicó la deuda pública, pero a tasas de interés más altas de las que regían antes (y también cuadriplicó la deuda de Pémex, sin lograr sacar adelante a la empresa).
Repartió distintas responsabilidades administrativas al Ejército y la Marina bajo la premisa de que tales instituciones eran incorruptibles (pero eso le permitió también ocultar los gastos en esas tareas, por ser de “seguridad nacional”).
Lo que logró fue pudrir tanto al Ejército como a la Marina, como ha quedado más que claro.
Ofreció resolver la inseguridad pero la empeoró al dejar hacer al Crimen Organizado lo que quisiera, respetando sus “derechos humanos” (es decir, preservando su impunidad, salvo excepciones exigidas por EEUU).
Políticamente ni se diga. Destruyó poco a poco la democracia, y sólo falta apretar algunas tuercas.
Logró cooptar en los últimos años tanto al INE (que resistió por varios años), y al TEPJF (que también ofreció resistencia algún tiempo).
A través de ese control, ordenó que en la elección de 2024 esas instituciones violaran el artículo 54 de la Constitución para darle a Morena y sus aliados una ilegal mayoría calificada – prohibida en dicho artículo- con 20 puntos más de los que obtuvo en las urnas.
Y por definición, si una fuerza política puede cambiar la Constitución por sí misma, ya no hay democracia. Con ello desapareció en automático toda autonomía del Poder Legislativo.
Y ya con esa mayoría, su sucesora siguió con el proyecto autocrático que se fijó el chivo destructor, subordinando al Poder Judicial – aunque en un ejercicio barnizado de elección popular –, con lo cual ya no hay la división de poderes propio de la democracia.
Y esa anti-constitucional mayoría calificada continuará fortaleciendo un autoritarismo más rígido, con una reforma electoral a modo y avanzando gradualmente en la censura a críticos y opositores.
Así pues, el chivo destructor logró su propósito de desmantelar la democracia que hipócritamente ensalzaba por años.
¿Cómo y cuándo se podrá reconstruir lo destruido por semejante chivo enloquecido? Bajo un autoritarismo cada vez más evidente, no se ve fácil. Bajo un autoritarismo cada vez más evidente, no se ve fácil.

