sábado 15 junio 2024

El Prefacio: un vistazo a la eternidad

por Rodolfo Lezama

Hace unas semanas publiqué en Etcétera un artículo en el que destaqué las posibilidades de prólogos y prefacios como herramientas de creatividad literaria. En ese texto sugerí algunos autores y lecturas y subrayé la trascendencia del Prefacio de Cromwell (Prefacio) de Víctor Hugo, como una pieza de escritura a través de la cual el autor ensaya y reflexiona sobre el arte y su medida de aproximación: la poesía, convirtiendo la historia del hombre –desde su momento primitivo hasta su estancia moderna– en una consecuencia de la evolución de una poética, con su respectiva invasión en todos los campos de la vida: el arte, la política y el drama, que comienza en la cuna y concluye en el lecho de muerte.

Sin embargo, el Prefacio no es sólo un texto introductorio, es más bien un mapa de digresión que permite reflexionar en varias pistas, que abarcan desde la revisión analítica de la utilidad del prólogo, el relato de la historia de la humanidad, el pronunciamiento de un manifiesto del romanticismo francés o el debate acerca de los géneros literarios, hasta llegar a una impecable disertación sobre el buen gusto y el estilo, componentes fundamentales del arte, pero, sobre todo, de la obra maestra.

Cuando Víctor Hugo escribió el prólogo de su Cromwell, muy seguramente sabía que ahí estaba el hallazgo relevante de su propuesta, y no en la irrealizable y extensísima pieza teatral de imposible representación, que publicó siendo apenas un joven que no llegaba a los treinta años.

Tal vez por eso, en las primeras palabras de la pequeña obra maestra, reveló que ese Prefacio no pretendía explicar las coordenadas de la obra teatral poco apta para la escena, sino el detalle íntimo de su pensamiento, sus más profundos y oscuros sentimientos y su visión sobre lo que había supuesto la poesía en el proceso de evolución humana, como verdadero termómetro del avance universal más allá de la ciencia, la técnica y la industrialización de la vida cotidiana. Al final del día, su prefacio fue un viaje a las “profundidades del alma”, que deja un testimonio y una experiencia de vida: “si efectivamente no se visita por placer los sótanos de un edificio, algunas veces se tiene curiosidad de examinar los cimientos”.

En el descenso, Víctor Hugo, igual que el apóstol bíblico, el poeta florentino o el místico de la época isabelina, reconoce que sólo la poesía será el elemento a través del cual se podrá construir una liturgia para sobrevivir, convirtiendo la luz de cada nuevo día en un motivo de celebración: “cuando el hombre se despierta en un mundo que acaba de nacer, la poesía se despierta con él”, pero también en una leyenda sagrada que será la forma de acercarse a la belleza, para mentarla a través de un conjuro liberador de los males y habilitador de la esperanza: “He aquí al primer hombre, he aquí al primer poeta. Es joven y lírico, su plegaria condensa su religión y la oda es toda su poesía”.

En su recorrido, el hombre pasa de rey a sacerdote y de guerrero a campesino; en ese trayecto jamás abandona la poesía y encuentra en el canto una forma de enfrentar las dificultades vitales, y así nace la epopeya, la tragedia y la poesía épica, como una reacción del hombre a sus grandes preocupaciones: la poesía, que encarna la belleza en todas sus formas;  el viaje, que es el destino de la personalidad heroica para desentrañar un enigma y revelar una verdad benéfica para un pueblo o una comunidad, y el culto religioso, que tiene su expresión más nítida en el sentido de lo inevitable: Dios como presagio de fortuna o infortunio insuperables.

En esa lógica, la noción de Dios encierra también una moral que vira del sentido original que tuvo el paganismo, que “empequeñece la divinidad y engrandece al hombre”, en un tránsito al culto cristiano que “separa profundamente el espíritu de la materia, estableciendo un abismo entre el alma y el cuerpo y otro abismo entre el hombre y Dios”.

Desde el acantilado, el cristianismo cancela la vitalidad y da origen a un nuevo sentimiento rector de la vida: la melancolía, que en su camino de tristeza va en búsqueda de certezas con el ánimo indeclinable de encontrar la verdad, cuestión que no necesariamente sucede, pero que se prolonga en el tiempo y en la realidad como un propósito y, en ese intento, devela la verdadera circunstancia del hombre: su relatividad, su anhelo de estar completo, su fragmentariedad y necesidad de armarse como un rompecabezas con cada nuevo aliento.

En esa búsqueda del sí mismo, de la parte que se dejó en el viaje o en el paraíso perdido, el poeta convierte su trabajo de artesanía del lenguaje en una suerte de religión que vira entre lo pagano y lo piadoso, ahí Víctor Hugo hace una declaración de principios: “el punto de partida de la religión debe ser el punto de partida de la poesía”.

Esa transformación de la fe tiene un alto en el arte y una manifestación precisa en el romanticismo: corriente literaria, musical y filosófica, que juega con los fundamentos clásicos del arte, en sus más diversas expresiones, haciendo una reinvención de la belleza, liberando la función artística de esa vieja monotonía y proponiendo un descanso de lo tradicionalmente bello para, en ese momento, alcanzar un nuevo entendimiento de lo sublime, como la conjunción de muchas cosas: lo bello, lo cómico y lo horripilante, ya que la “poesía completa consiste en la armonía de los contrarios”.

Lo grotesco es la materialización de lo contradictorio, eso que “representa la parte material del hombre y lo sublime del alma”, sustancia doble cuya combinación alquímica es necesaria para dar a luz un producto estético: el drama, que es una representación artística de la vida en toda su extensión, complejidad y veracidad, acaso por ello Víctor Hugo concluye que la expresión artística más alta es Shakespeare, quien desde su punto de vista logra conjuntar lo grotesco y lo sublime como una sola materia de la obra de arte, pues, en buena medida, con la vocación artística “debe copiarse la naturaleza y la verdad”.

El drama no es una simple representación, sino una imitación de la vida: “el drama de la vida y el drama de la conciencia”. En la representación de la realidad el hombre sufre y goza, sueña y despierta, todo alternativamente, como velas que se prenden y apagan a consecuencia de la casualidad, como si el hombre fuera el timonel de su destino –se pierde, entonces, la visión antigua de que el destino es una imposición a la que no puede darse vuelta. En ese escenario, “como Dios el verdadero poeta debe estar en todas partes de su obra” y definir el modo en que se combinarán y relacionarán, como juego de azar, en la realidad de cada día, todos los elementos de la existencia.

Sin embargo, la realidad y el mundo literario no son iguales, se diferencian porque lo cotidiano está impregnado de vulgaridad y de simpleza. La imitación de la realidad que plantea la literatura pretende mejorarla y eso solo es posible a través de una visión que sobreponga la estética a la simpleza y lo bello a lo terrible, tal vez por eso Víctor Hugo concluye su Prefacio que la vocación del arte “es quitar el orín a la literatura actual” y para ello debe servirse del estilo, ya que “el gusto es la razón del genio”.

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