Entre Carlos Salinas y el Chupacabras

Hace poco enlisté varios dilemas y mis elecciones. Hoy tuve el dilema sobre si escribir una segunda parte o no, y esto es lo que surgió:


Durante la infancia, no tuve duda: Piolín era el mejor y no Silvestre, opté por Enrique y no por Beto, pero en una ruta no tan politicamente correcta me cayó más simpático el Coyote que el Correcaminos, el Pato Lucas que Bugs Bunny y, desde luego, Graciela Mauri en vez de la Señorita Cometa. En esa etapa quise más a los Santos Reyes porque mi mamá y mi papá me dijeron que Santa Claus solo daba regalos a los ricos. Más allá de eso, por favor, no me hablen de Pituka y Petaka, es como elegir entre Cruela de Vil y Denise Dresser o El Bronco y el payaso Lagrimita. Si hemos de hablar de payasos en serio me quedé con Cepillin y no con Bozo (solamente no vayan confundir, por el amor de dios, ese nombre con el apellido de la señora de las buenas maneras en televisión).


Muchos de ustedes son muy jóvenes, así es que no sabrán qué es lo que digo cuando digo que prefirí ver la serie La Pandilla que La familia Patrick o que me divertí más con las muinas del Gordo que con los gestos de El Flaco. Ah, y que participaría más en un pijama party con Susana que con Heidi, Verónica en vez de Betty y Jessica Rabit en lugar de Betty Boop (esta última decisión duele, no vayan a creer ustedes que todo es miel sin hiel). Mis sueños tuvieron a Verónica Castro, no a Lucía Mendez, y estuve con Julissa y no con Angélica María. Además canté a Enrique Guzman y no al fresa de César Costa (con quien años después alterné en un noticiero de radio).


Pedí mis canciones en Radio Capital y no en la Pantera, y usé Converse en lugar de Nike o Pony, aunque, cabe aclarar, sobre todo porque eran mucho más baratos los primeros. Los jeans Sergio Valente sin duda fueron mucho mejores que los Jordache (los made in Hong Kong, desde luego porque no acepté imitaciones). Para las mujeres jamás Sasoon (Oh, la lá, Sasoon, para los jóvenes de corazón por su diseño… Ustedes se la saben), jamás Sasoon, repito, sino tercio jeans Eduardo's (créanme una chulada, la prenda y cómo conforneaban el revés de las damas). Y los lentes Ray Ban, jamás Carrera, si uno se respetaba, igual que Paco Rabanne pero nunca, nunca, Patrick.


Aplaudí más a Eduardo Manzano que a Enrique Cuenca -hablo de la primera y mejor etapa de los Polivoces- y al Loco Valdéz (Maritiza) que a Héctor Lechuga (Andrea) -Las hermanas Mibanco– Poco antes de entrar a la adolescencia mi héroe fue el Corredor X, no Meteoro, Karma y no Kaliman, el Libro Vaquero y no el Libro Semanal, Rarotonga sobre los pecados de Oyuqui, y a Chanoc muy por arriba de Fantomas. Gerardo Reyes también por encima de Cornelio Reina y Rigo Tovar en el podium mirando abajo a Chico Che. Entre las Hermanas Águila le veía mejores bigotes y garganta a María Esperanza que a Paz (ah, esa canción: “Mi novia parece varita de nardo”).


De joven, entre Carlos Salinas y Cuauhtémoc Cárdenas opté por el ingeniero, y ya luego por el Chupacabras, pero el auténtico, que quede claro, no el expresidente. Por Luis González de Alba y no Monsiváis, por Vuelta en vez de Nexos, –por cierto, qué madriza le puso Octavio Paz a los editores de Nexos, en serio, tanto que aun no se reponen de ella y, como el boxeador que ha sido noqueado y busca seguir la contienda, dicen lo que sea con tal de no aceptar la derrota–. Pero no politicemos las cosas y mejor sigo por donde iba: me sedujo mucho más Michelle Pfeiffer que Jodie Foster o cualquier otra. Ya con hijos prefiero a Pikachu y no a Ash y les digo que me gustaron más Los caballeros del Zodiaco que los Thundercats y King Kong que Gotzilla y más el Burrito que Shrek, Timón que Pumba y Buzz que Woody.


¿Pili o Mili? Les ruego que no me hagan esa pregunta, es como resolver entre Jenaro Villamil y Gerardo Fernández Noroña.


Ah, que buenas polémicas entre Bee Gees y Credence o Police y Queen (aunque, en otras partituras, aún tengo un amigo que en las madrugadas de borrachera gritaba duro “¡Fuera Juanga de esta pachanga!” frente al enojo del numeroso respetable). En aquellas pláticas lo mismo defendí al Maverik o al Super Bee sobre el Mustang que a John sobre Paul, a Peter Gabriel sobre Phill Collins y a King Crimson sobre los pequeños hijos de Frepp que se llamaron Emerson Lake and Palmer. En los noventas, cuando las discusiones se ponían densas se abría paso Schiller sobre Goethe, Hesse por encima de Man y Borges sobre Bioy, cuando no Miguel Ángel sobre Leonardo o Rafaello. Recuerdo bien que cuando ya la discusión era, por ejemplo entre Van Gogh y Monet (yo siempre estuve con los primeros de esa lista) es que ya estábamos muy lejos, como entonces se decía, hasta por Atizapan de Zaragoza, a donde habíamos ido a que martita nos consolara.

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