La incomunicación presidencial

“No aplauden… las cosas buenas casi no se cuentan… no se levanta uno pensando cómo joder a México… deberíamos significarnos por cosas buenas y no por los prietitos en el arroz”.


Más que frases sueltas (algunas aisladas de su contexto y circunstancia), el entrecomillado de arriba son expresiones que proyectan frustración, molestia por la falta de una narrativa efectiva, empática, eficiente. Justa y equilibrada dirían sus protagonistas.


“No sabemos comunicar”, es un diagnóstico oficialista repetido, pero no corregido.


Las redes sociales, el Internet, la convergencia tecnológica que multiplica opciones y ofertas, ha liberado a amplios sectores de míticos yugos mediáticos, exorciza, destierra a villanos favoritos como “la televisión” o “el monopolio, el duopolio” como responsables de masas idiotas.


Sana multiplataforma que conforma una nueva circunstancia, pero no la razón de esa narrativa fallida, que se repite cada sexenio desde hace más de cuatro.


Muchos confunden la narrativa con el elogio, pretenden la unilateralidad de visiones, hacen de la falta de autocrítica, un sistema que encima pretenden permee a la sociedad. Los boletines redactados no aportan sólo datos duros, editorializan, ensalzan. Por eso fallan.


El Presidente Peña Nieto no es el único que se asume incomprendido, infravalorado, lo mismo le pasó a Felipe Calderón con la crónica de la guerra contra el crimen. ¿Qué les falla?


Sin duda las personas que fungen como voceros y comunicadores no son los únicos responsables, las circunstancias, la realidad próxima, determina la percepción que sobre la obra de gobierno se genera entre las mayorías.


En el comercio, el impacto por la devaluación del peso se traslada a etiquetas finales que quizá no se miden dentro de la canasta básica, no en el IPC. Pero están ahí.


Lo mismo que el misterioso “justiciero de La Marquesa” que nadie denuncia, o del senador panista que insiste en armarnos.


No hay buena campaña posible para un mal producto. No hay una narrativa blanca, para una realidad oscura.


Sin embargo, las buenas historias existen y es sano socializarlas, pero no pueden contarse sólo durante una campaña, pre y post informe de gobierno. Es cosa de todos los días, de todos los canales posibles, privilegiando a quienes las protagonizan y no a los funcionarios del templete. Mientras eso no se entienda, la narrativa continuará dejando malestar y frustración.


-  Rosario Tijeras La serie, que no “narcoserie”, de TV Azteca, es blanco de una campaña interesada para mermar sus altos niveles de audiencia. El tufo censor molesta, pero más la falsa premisa, como decíamos líneas arriba, de culpar al mensajero y no al mensaje.


Rosario Tijeras es la historia de una mujer preponderante, un personaje rico y complejo. No hay apología de vida criminal pero tampoco el estereotipo de la mujer abnegada, sumisa y sometida, como el que construyó durante décadas, quien hoy se asume despojado del liderazgo en televidentes.



 


Este artículo fue publicado en La Razón el 2 de noviembre de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

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