viernes 14 junio 2024

Lo que Aristóteles diría sobre la Guarda Nacional

por Walter Beller Taboada

Entre las muchas contribuciones de Aristóteles a la cultura occidental destacan sus textos fundacionales sobre la lógica y sus aplicaciones en las discusiones ordinarias. No solo puso las bases que explican cuando un razonamiento es formalmente correcto (teoría del silogismo), sino que además se abocó a exponer y explicar los razonamientos incorrectos. Nos legó sus estudios sobre las falacias (recogidas fundamentalmente en el libro Refutaciones Sofísticas). Desde entonces se llaman falacias aquellas argumentaciones incorrectas pero que dan la apariencia de ser correctas y así desconciertan a los interlocutores directos e, indirectamente, al público en general. Son argumentos engañosos, pues llevan a tomar como verdadero algo que no lo es. No son razonamientos concluyentes. Es decir, como ocurre con todo argumento, las falacias también se apoyan –defectuosamente– en premisas y llevan a una conclusión; pero en realidad sus las premisas no sustentan la verdad de la conclusión. Son un fracaso desde el punto de vista racional, pero son un éxito desde el punto de vista emocional (se les acepta casi sin crítica). 

Es frecuente que se señale: «eso que dices es una falacia», cuando en realidad se quiere indicar: lo que dices es falso, es una mentira. No nos confundamos. A todas las formas de argumentación que encierran errores o persiguen fines espurios –porque se intenta engañar o distraer al oponente–, los llamamos falacias. Se trata de una gama innumerable de recursos para engatusarnos y desviar nuestra atención. En unos casos se trata de errores de razonamiento (por ejemplo, una generalización precipitada: «todos los mexicanos son afectos al futbol»), y en otros casos se trata de estrategias de quienes, consciente o inconscientemente, emplean medios lingüísticos con la intención de falsear las situaciones que se discuten o para extraviarnos hacia temas que poco o nada tienen que ver con el asunto principal. 

EL CORONEL SÍ TIENE QUIEN LE ESCRIBA

Con motivo del tópico de la «militarización de la Guardia Nacional», sus neodefensores (los mismos que antes pensaban estrictamente lo contrario) han soltado a la opinión pública un auténtico pozo de falacias. Unos, la mayoría, simplemente no saben lo que dicen (solo repiten como viles lacayos y populacheros incompetentes); otros, mañosamente, saben que lo que dicen solamente tiene el objetivo de falsear argumentos para complacer discursivamente al oficialismo y alzar su voto a favor de las intenciones de AMLO. ¿Y el país? ¿Y la ley? ¿Y la congruencia? ¿La dignidad personal? Nada de eso importa. Lo que le interesaba era sumarse al tumulto de «la cargada» y no ser calificados como traidora o traidor «al movimiento». Cumplieron sobradamente el papel engaña bobos. 

La articulista Irene Tello Arista (@itelloarista) escribió: «Estas semanas de debates acalorados y polarizados por aprobar reformas constitucionales para dar más capacidades al Ejército en temas de seguridad, han salido a la luz varias falacias, o errores argumentativos, que más que meros errores casuales son argumentos dichos con el interés de engañar y confundir a los oyentes». 

En esa misma línea, veremos en seguida cómo el espíritu de Aristóteles no sirve para señalar algunas de las muchas falacias que salieron a flote recientemente. 

EL PASADO ME CONDENA

El debate se inició tiempo antes con una falacia que afloró hace aproximadamente tres años desde las entrañas de Palacio Nacional. Un razonamiento incorrecto que fue la base de la decisión de eliminar la Policía Federal (creada por Felipe Calderón). Se trata de la falacia del determinismo retrospectivo. Se denomina ‘retrospectivo’ porque hace referencia a cuestiones del pasado; es ‘determinismo’ por la idea de que algo acontecido ha podido prefijar resultados específicos posteriores; se supone una suerte de patrón de comportamiento inevitable. El hecho anotado: la Policía Federal estuvo encabezada por –hoy– un presunto delincuente, Genaro García Luna (detenido, sin ser sentenciado en EUA). Tomando el hecho, y sin mayor explicación, se desahució la institución, porque al decir de AMLO, “se echó a perder”. Sin más vino una generalización brutal: «cualquier civil» se vería obligado a volver a pervertir la institución garante de la seguridad pública. Para evitar ese patrón, habría que crear una nueva institución, la Guardia Nacional, la cual, en principio, se admitió como dirigida por un “mando civil” (como se estableció en la Constitución). 

La falacia es: no se sigue lógicamente del pasado que la Guardia Nacional funcionará óptimamente si fuese dirigida por un militar y si quedase incorporada al Ejército Nacional. La oposición discutió débilmente esa premisa no demostrada y los legisladores del oficialismo la aceptaron sin más. Como reza el refrán: «¡la culpa es de Calderón!».

NI TODOS SÍ, NI TODOS NO

Suponer que “el” Ejercito es incorruptible es caer en la falacia de composición. Esto es, aquel error de razonamiento que cometemos cuando atribuimos a un conjunto cosas que solamente son ciertas de las partes. Suponer que el jugador fulano de tal es excelente futbolista, es una propiedad que no se transfiere necesariamente a su equipo. Hay militares horrados, sin duda, como los hay en otros ámbitos de la administración pública. Extrapolarlo a la totalidad es una falacia que desconoce el hecho de que hay igualmente miembros de la institución armada que no son precisamente ejemplo de moralidad. O si no, ¿cómo se explica que en el renovado caso Ayotzinapa se lancen órdenes de aprehensión contra algunos militares?

La idea de que el Ejército no puede corromperse, como señaló Irene Tello Arista, se deduce que la disciplina que algunos elementos tienen, los hacen seguir órdenes y no caer en actos de corrupción. Sin embargo, desgraciadamente, esto sólo puede generalizar de algunos elementos, pero no de todos. Se han dado a conocer las facturas falsas que el Ejército ha acumulado en sus labores administrativas. No se puede decir de “todo” el Ejército, pero tampoco se puede decir “que todo” en la institución armada es horradez. 

Lo que se tendría que decir para no caer en una falacia –señala Irene– es que el Ejército habría adoptado mejores medidas para evitar los actos de corrupción. Sin embargo, dado que las cuentas y sanciones las establece el propio Ejército, esto no parece ser el caso. Además, el manto de opacidad es consecuencia de la declaración de asuntos de «seguridad nacional» otorgada por AMLO al manejo de dineros en la institución castrense. 

Por otro lado, como Irene Tello Arista señaló: «Decir que el Ejército siempre ha gozado de alta aprobación y confianza por parte de la ciudadanía y que por lo mismo debe seguir en temas de seguridad es una falacia ad populum o falacia dirigida al pueblo. Este tipo de falacias cambian el foco del argumento: la reflexión inicial es si las fuerzas armadas deben seguir en labores de seguridad, y la desvían hacia un tema distinto: la popularidad de quien se discute». 

Desde hace decenios, el Ejercito es respetado y se la población le tiene confianza. Así lo consigan repetidas estadísticas. Pero ese no puede ser sino un argumento falaz porque la presencia del ejército, desde hace mucho más de 10 años (aunque nunca ha dejado de estar presente en el combate al crimen organizado), no ha llevado a que el país cuente con buenos resultados en materia de seguridad pública. Es este el tema que se discute desde la oposición. Los otros, los hijos del Eco, ni lo discuten, solo se complacen ante la popularidad de las fuerzas militares. 

EL ‘AS’ EN LA MANGA

Otra es la falacia del accidente. Así se denomina a la falacia que confunde en un argumento lo esencial con lo accidental. Algo es esencial porque no se puede suprimir sin alterar el concepto que lo define. Un triángulo es, esencialmente, un polígono de tres lados. Lo será si escribe en un pizarrón o se diagrama en Power Point. Desde Aristóteles, lo esencial determina aquello que sostiene a los accidentes. Por el contrario, un accidente es un concepto que piensa todo lo añadido, lo sobrevenido; es lo contingente, yuxtapuesto. Mi auto es de color verde, pero ese atributo es contingente porque puede cambiar y el auto seguirá siendo el auto. Ahora bien, la falacia del accidente se comete cuando se toma una propiedad accidental como esencial. 

En la discusión sobre la Guardia Nacional, lo que se debatió durante horas fue si era o no conveniente que fuese encabezada por un militar y si debía o no ser incorporada a la SEDENA. Eso es lo accidental respecto al tema esencial: lo que la Constitución ordena. Punto. Extraer conclusiones a partir de cosas que solo son ciertas accidentalmente, es lo que hicieron los legisladores del oficialismo. ¿Por qué no entraron al tema esencial? Porque implicaba un cambio constitucional y para eso no tenían condiciones parlamentarias. El protagonista absoluto era la Constitución. Al final, los diputados se decantaron por una solución accidental que contraviene el texto constitucional. (“Cualquier estudiante de Derecho lo sabe”, habría expresado Ricardo Monreal.)

Otra falacia que surgió en voz de una diputada (cuyo nombre no quiero recordar) y se repitió en el mensaje del pasado 16 de septiembre: el mando de la Guardia Nacional queda bajo la subordinación del Ejercito, y como el jefe nato del Ejercito es, según dicta la Constitución, el Presidente de la República, luego entonces quien dirige la GN es un civil. 

IGNORANCIA ERES TÚ

Se trata de una falacia denominada Non sequitur, o falacia de la conclusión equivocada. Consiste en expresar una frase o idea confusa que no tiene nada que ver con lo que le precede, generando un absurdo de manera abrupta. Se habría llegado a una conclusión imposible. La proposición carece de una relación lógica con el asunto tratado, o es irrelevante. Es una falacia lógica ya que la conclusión no tiene conexión con «el argumento». Porque si el Presidente es el jefe de todo, incluido el Ejercito, ¿dónde queda el límite entre la institución militar y el poder civil?  Estamos en una República democrática, representativa, donde el Presidente es un civil. 

Justamente era eso lo que buscaba la discusión desde el lado de la oposición. México no es un país militarista. Se reconoce que el mando supremo es civil. ¿Dónde está la falacia, entonces? En la confusión entre la especie y el género. El género es el concepto de seguridad, que tiene dos especies principales (hay más): seguridad interior y seguridad nacional. Para la primera fue creada la Policía Federal, la que después sustituida por la GN; para la segunda están la Fuerzas Armadas del país. Meterlas en el mismo saco es querer que exista un solo aparato represivo de Estado. Eso solo ocurre en las monarquías absolutas y en los regímenes autoritarios, de facto, donde los derechos ciudadanos están siempre sujetos al capricho de los tiranos. En una República no deben mezclarse. El agua y el aceite son sustancias, pero no se fusionan. La tentativa de desaparecer la frontera entre ambas fue inmediatamente desaprobada por los organismos internacionales, como la propia ONU. El asunto, pues, es más grave de lo que a simple vista parece. Hay que defender la Constitución. 

Para terminar una pregunta que entraña una falacia, para uso de los amlovers. “¿Siguen ustedes tan arrastrados como solían ser?”. Respondan sí o no. 

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