miércoles 21 febrero 2024

Un Cielo rojo

por Germán Martínez Martínez

Es junio de 2022, Leon y Felix —amigos berlineses— van a una casa de veraneo cercanísima al mar Báltico en Alemania oriental. Es el mundo después de la pandemia: una anciana en el supermercado porta un cubrebocas de alta calidad. Leon es un escritor principiante que se siente frustrado ante Club Sándwich, su segunda novela, porque no despierta su propio entusiasmo ni el de su editor. La bávara Nadja se queda en la misma casa que ellos y parece experimentar su sexualidad sin problemas, pues verá a Devid —el hombre que ha sido su amante las noches previas— irse con Felix sin vivirlo como un drama; aunque después sí haya tragedia y los días de Leon estén recorridos por una frustración que supera la literaria. Hay películas que son habitables, como Cielo rojo (2023) de Christian Petzold (1960) que cuenta la historia descrita.

Los personajes principales de Cielo rojo.

Que uno pueda sentirse bien en un espacio algo significa, pero no mucho, porque a todo se acostumbra uno. Tras un viaje agotador es factible pasar una noche de buen descanso en hoteles estandarizados hasta el último de los detalles, sin gracia particular. Incluso puede uno agradecer tales lugares, en ciertos momentos, pero de alguna manera uno sabe —intuye al menos— que hay lugares especiales a los que ojalá le sea dado a uno llegar. También el filme de Petzold ofrece seguridades: tiene un argumento muy bien armado, según criterios formulaicos. El director no permite elementos superfluos, cada detalle —como en cadena hotelera— contribuye a la conformación de la anécdota y, finalmente, a complacer. Hacia el final Leon (Thomas Schubert) ve jabalís huir de un incendio forestal, algunos en llamas. Ve morir un jabato. Los jabalís son advertidos, sonoramente, desde el inicio. Atendiendo a patrones convencionales, la delicadeza de ciertos movimientos de Felix (Langston Uibel) anticipa su fluidez para una noche de sexo intenso con Devid (Enno Trebs). Cielo rojo, con todo y su inspiración en Rohmer, es sólo un buen producto industrial.

Paula Beer interpreta a Nadja.

A la película de Petzold no le falta sofisticación en factura ni en sentido. Diversos momentos parecen noches americanas, es decir filmación con filtros para simular oscuridad. Hay elementos de primitivismo: mientras el techo contemporáneo necesita ser reparado —Devid y Felix se ocupan de ello con impermeabilizante y soplete— el antiguo tejado de paja parece intemporal. Trabajar la forma cinematográfica, sin embargo, no consiste en generar imágenes bonitas, coherentes con el argumento. Que Leon se refleje en una ventana mientras husmea las cosas de Nadja (Paula Beer), o que a Felix se le salga una sandalia, se enseña en cualquier curso de realización cinematográfica, porque son trucos previsibles para —supuestamente— volver interesantes las imágenes. Atreverse en el manejo de las formas es conocerlas para hacer algo, quizá no nuevo, pero sí personal. El cine industrial está lleno de elaboraciones confortables, como Cielo rojo.

Leon y Nadja se conocen por casualidad.

Aunque no está explicado, la acción transcurre cerca de la ciudad de Rostock en Meckelmburgo-Pomerania Occidental —estado alemán colindante con Polonia cuyo territorio fue parte de la República Democrática Alemana, es decir que padeció la dictadura socialista— y esto es significativo en la película pues refleja rasgos de la sociedad alemana contemporánea. A pesar de que han pasado 34 años desde la caída del Muro de Berlín y 33 desde la reunificación alemana las diferencias que persisten entre las Alemanias se vuelven tema en la interacción de los personajes. Leon es, físicamente, el menos atractivo de los personajes, además es torpe. Su comportamiento tampoco revela un alma prodigiosa. Parte de su distancia está dada por el alemán que habla, pues lo lleva a tratar a una cajera como si ella tuviera otra lengua. Leon se mofa de una diferencia de pronunciación: los locales dicen el nombre del escritor alemán Uwe Johnson como si fuera inglés. También llaman “snickers” —como la popular golosina gringa— al helado sabor cacahuate. La visión de Leon está encerrada en Berlín y es limitada: desprecia el juicio lector de Nadja cuando la cree vendedora de helados. Acaso más que atención a las diferencias Leon adolece del afán de distinción al que parecemos condenados y que no deja de convivir con el deseo de los demás.

El director Christian Petzold. Fotografía de Marco Krüger.

En una cena Nadja declama un poema narrativo de Heine que concluye con la respuesta de un hombre que afirma ser parte de “quienes mueren cuando aman”. Ella muestra atención hacia Leon, se ocupa de no excluirlo, lo invita a mitad de la noche a ver la bioluminiscencia en la playa. Reveladoramente —sin insinuación de por medio— ella le sonríe en un instante tenso en que se miran. Él afirma en otra escena que se enamoró de ella desde el primer momento. Nadja, en cambio, desespera y le grita: “¿Te das cuenta de algo?”. Por ella, Leon es asaltado por la curiosidad, Nadja podría pronto estar en sus manos o escapar por siempre de ellas. Esto no es “contenido”, es el conjunto de la obra, pues no depende sólo de la anécdota; está en buena medida dado por el físico y la actuación: la feroz sexualidad de Beer y la nulidad erótica de Schubert. ¿Por qué unas personas nos fascinan y otras nos son tan indiferentes? ¿Por qué llegamos a sufrir por la desatención de algunas y despreciamos a otras que quizá nos tendrían devoción? Leon no vocifera que es escritor, pero su presencia depende de eso; Nadja está presentísima, sin urgencia de explicarse.

Cuando Leon reclama a Nadja por no revelar su identidad —ella no obtuvo la beca Hans Böckler para continuar sus estudios doctorales literarios en la Universidad de Marburgo— Nadja responde: porque no me preguntaste. Si el arte sirviera principalmente para condensar observaciones sociales, uno podría elucubrar sobre cuánta distancia hay entre el encuentro de estos personajes en Cielo rojo y las sociedades subdesarrolladas en que la gente desenvaina credenciales —incluso agresivamente— para hacerse creíble; porque la sustancia no importa, trasciende el mero decir: soy espiritual, artista, filósofo, progresista… Y una película puede contener esto y mucho más, pero habría que preguntarse si eso es lo distintivo del arte.

Los amigos Felix y Leon buscaban veranear.

Felix y Leon tienen la intimidad del juego. ¿Qué es la amistad? Hay quienes hablan de códigos pormenorizados —el encorsetamiento de las relaciones— pero acaso la amistad se restrinja a voluntad de jugar. En la amistad genuina hay cierta disposición: es acuerdo de compartir imbecilidades. Esto, y otros puntos que he referido, ¿hacen de Cielo rojo una película “profunda”? No, los buenos productos industriales ofrecen, como los hoteles estandarizados, múltiples beneficios —como enfrenta cualquiera que pisa hoteles pésimos— incluyendo algunos que se confunden con lo elevado, que puede también ser superstición. ¿Las artes son fuente de sabiduría? Sin duda lo pueden ser, pero no es su razón fundamental: las artes no requieren justificación social, moral o política. Con que las artes sean artes es suficiente.

También te puede interesar