jueves 29 febrero 2024

Daniel Santoro: “Verificar, base del periodismo de calidad”

por Andrea Recúpero

 

Foto: Fundación Konex

Maestro de periodistas y multipremiado por sus investigaciones sobre casos de corrupción, el argentino Daniel Santoro está convencido de que el periodismo que sobrevivirá a la revolución tecnológica será el de calidad, basado en la verificación de la información y no en la opinión, más allá de que en los medios de comunicación masiva muchas veces abunde lo contrario.

En diálogo con etcétera, Santoro recorrió su trayectoria, desde sus primeros trabajos para diarios regionales y su paso por el vertiginoso ritmo de una agencia de noticias, hasta su tarea actual como editor de política del matutino Clarín, donde asegura encontró las condiciones necesarias para hacer periodismo de investigación, su especialidad.

Una investigación sobre la venta ilegal de armas a Ecuador y a Croacia durante el gobierno del ex presidente Carlos Menem fue el punto de inflexión en su carrera. Por ese trabajo, publicado en Clarín, que derivó en una causa judicial por contrabando agravado contra el ex mandatario, aún pendiente en la justicia, Santoro ganó en 1995 el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Luego se sucedieron los reconocimientos, que admite lo hacen sentir mucho más expuesto y exigido cada vez que encara una nueva investigación.

¿Cómo y cuándo decidió ser periodista?

Yo fui un adolescente muy motivado por la historia de la literatura, de la política, del teatro, pero estudiaba en una escuela industrial. Cuando terminé la escuela, me di cuenta que no quería ser ni ingeniero, ni arquitecto, ni nada por el estilo, sino que mi vocación estaba en las Ciencias Sociales. No nací con una máquina de escribir, como dicen algunos periodistas, de la panza de mi mamá. Hice una orientación vocacional con un psicólogo porque buscaba una carrera que reuniera todo lo que me gustaba, comunicar, participar y hablar. Encontré todo eso en la carrera de periodismo de la Universidad de La Plata, donde tuve que hacer un esfuerzo enorme para pasar del análisis matemático y los motores eléctricos a la gramática y a la redacción periodística.

Hasta ese momento se vinculaba con otro lenguaje y con otro referente.

Sí, aún me asombro de que pudiera resolver largas ecuaciones matemáticas y diseñar motores eléctricos y entender de termodinámica. Todas cosas que ya olvidé. Fue casi como comenzar de cero porque no tenía la formación que tienen los bachilleres, pero sí una motivación altísima, muy fuerte, que me permitió saltar ese vacío y apenas en segundo año de la universidad ya era ayudante de cátedra de la materia Investigación Periodística, trabajaba en un medio de Berazategui y en el diario El Sol de Quilmes. Así empecé a vincularme directamente y con mucha fuerza en los medios y con esa materia, que me enamoró de un principio cuando me hablaban de (Bob) Woodward, del caso Watergate y de Operación Masacre (de Rodolfo Walsh).

¿Cuándo y cómo comenzó a trabajar en periodismo de investigación?

Siempre me interesó el periodismo de investigación, pero no lo pude desarrollar inmediatamente porque estaba trabajando en medios regionales y luego en la agencia Noticias Argentinas, donde tenía que hacer notas muy rápidas y con poco tiempo. En 1987 comencé a trabajar en la revista Somos y en el diario Sur con otro enfoque. Luego, en 1990, me llamaron para trabajar en Clarín y allí es donde comencé. De pasar de una agencia de noticias a escribir una o dos noticias por día se abría una posibilidad enorme y eso me dio la herramienta que me faltaba. Tenía la formación, el entusiasmo y el diario me dio lo que me faltaba, el espacio y la oportunidad.

¿Cuál fue el primer trabajo de investigación que tuvo el impacto que deseaba o que imaginaba durante sus años de formación?

La primer nota que impactó fue la construcción secreta por parte de la fuerza aérea argentina del Misil Condor II y después otra sobre la rama argentina de la tangente italiana, que permitió descubrir cómo se habían pagado sobornos en la construcción de obras para el Riachuelo.

Y luego, llegó el punto más alto, la denuncia sobre la venta ilegal de armas a Ecuador y a Croacia.

Sí, la investigación comenzó en marzo del 95. Tuvo tanta trascendencia que por mi investigación se armó una causa judicial y Menem estuvo preso en 2001 casi seis meses. Ahora, después de tantos años, comenzó con atraso el juicio para saber si es culpable o no de la venta ilegal de armamento.

¿Cómo empezó esa investigación, por una frase que le llamó la atención, como le ocurrió a Rodolfo Walsh, a quien escuchar la frase hay un fusilado que vive lo impulsó a investigar los hechos que se reconstruyen en Operación Masacre, o fue algún dato que recibió?

Yo recordé entonces lo que me decían en la Universidad de La Plata que era: Si tu mamá te dice te quiero, compruébalo. Y ese día, cuando comenzó todo, había salido un cable muy cortito de tres párrafos que decía que el diario La República había publicado un rumor según el cual habría armas argentinas en Ecuador. Fui de inmediato a la Cancillería a consultar y la respuesta oficial, que me dieron a mí y a otros colegas, fue que el gobierno argentino desmentía la versión, que Argentina era parte del Protocolo de Paz de Río de Janeiro de 1942. Todos los demás medios compraron esa versión oficial y yo desconfié. Además, hubo una coincidencia interna. Justo cuando ese día entré a la Cancillería argentina salió el embajador de Perú con cara de póquer y ahí me quedaron dudas de que si hubiese sido un rumor infundado, no hubiera ido el embajador. Así conseguí, presionando a mis fuentes, que me dijeran que había una investigación interna y de ahí surgió una saga de notas que salieron durante años y que dieron base a la causa judicial que investigó el juez (Jorge) Urso.

Una de las aristas de la profesión es la inseguridad con la que conviven los trabajadores de prensa en América Latina, ¿ocurre lo mismo en Argentina?

Por suerte nosotros no sufrimos lo que sufren nuestros colegas de Colombia, donde 100 periodistas fueron asesinados en los últimos diez años, o México, con 24 o 26 asesinatos en el mismo período, según la fuente consultada. Ellos son los verdaderos héroes del periodismo de investigación en America Latina, porque nosotros en Argentina tenemos garantías individuales. Hemos perdido muchas cosas, pero hay sólo un periodista asesinado desde que regresó la democracia en 1983, que fue José Luis Cabezas. Ésa es una enorme ventaja porque nosotros nos exponemos, en general, sólo a amenazas telefónicas o a algún golpe en una manifestación. Pero el gobierno de Menem inició 100 juicios por calumnias e injurias, uno de ellos a mí por violación de secreto de Estado por el caso de las armas.

En contraste, en Argentina la vulnerabilidad del periodista es judicial.

Generalmente. No es que uno injurió o calumnió a otra persona, sino que uno se puede equivocar en un tema, sin malicia, pero eso te obliga a nombrar abogados, a desfilar por tribunales, a ser precavido cada vez que escribes sobre esa persona. Es una espada de Damocles sobre la cabeza cuando te pones a escribir. Tenemos protección en cuanto a la integridad física, pero lo que reclamamos, yo como miembro del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), es que el delito de calumnias e injurias sea despenalizado. Es decir que, si se despenaliza, me puedan hacer un juicio civil para que yo me retracte si me equivoqué y pague una indemnización si dañé a alguien, pero no que me manden preso cuatro años como dice ahora la ley. Es un absurdo que por un error un periodista vaya preso o tenga pena de prisión en suspenso. Estamos hablando de libertad de expresión, de acceso a la información pública, de transparencia.

¿Es responsabilidad de los gobiernos la impunidad con la que se comenten delitos contra los trabajadores de prensa en América Latina?

Es nuestra responsabilidad tratar de ser el perro guardián de la democracia, controlar el poder, y además de informar, formar y entretener, ejercer ese rol de periodismo que pide que se rindan cuentas. Eso es lo que deberíamos hacer, pero por una serie de razones el periodismo de investigación está con la guardia baja en América Latina y en Argentina en particular para cumplir con eso.

¿A qué se debe que se haya bajado la guardia?

Hay un fenómeno que empezó en Estados Unidos, donde en los últimos 12 meses echaron a tres mil periodistas de las redacciones. Decididos a reducir presupuesto los grandes medios que cotizan en Wall Street empezaron por eso, por desmantelar los equipos de investigación, por el periodismo de calidad. Estamos evaluando ahora cómo puede afectarnos el contagio si siguen cayendo la circulación de los diarios y la publicidad. Por suerte, Clarín mantiene su equipo de cuatro periodistas de investigación creado en el 2000, pero es un motivo de preocupación. También lo son la falta de capacitación, las amenazas de los gobiernos, la utilización de la publicidad oficial como una forma de censura indirecta. En Argentina, desde 2003, el gobierno nacional se niega a poner publicidad en los medios del Grupo Perfil. La publicidad oficial no puede ser utilizada con esos fines. Además, influye la falta de leyes de acceso a la información pública. En México, por fortuna, se sancionó la ley y se creó un instituto de información pública (IFAI) y se está luchando contra esa cultura del secreto que existe en las sociedades y que nos impide a los periodistas acceder a la verdad que se oculta, porque en América Latina también funciona la máquina de mentir. Hay una palabra pública devaluada, entonces no podemos confiar en esa palabra y tenemos que buscar esos documentos y muchos de ellos están clasificados como material secreto y reservado y, por lo general, son los gastos personales de los presidentes y otro tipo de cosas que no tienen nada que ver con cuestiones de seguridad nacional o con el terrorismo internacional, que podría ser justificación válida para que no se dé información sobre eso. Para mí uno de los pocos límites que tiene el periodismo de investigación es conseguir la lista de los espías que tiene Argentina en la Triple Frontera, para investigar los movimientos de la Hezbolá, porque es verdad, ése sería un límite. Pero acá se exceden y le ponen secreto a todo.

Hubo un momento, en los 90, en que los periodistas se convirtieron en una especie de fiscales y luego sobrevino una pérdida de credibilidad, ¿a qué se lo atribuye?

Yo creo que los 90 fueron la época de oro de la investigación en Argentina con las denuncias del Swiftgate, el caso de la leche adulterada. Yo creo que en ese momento la sociedad civil nos empujó a cumplir ese rol de fiscales porque los jueces estaban manejados o presionados por el menemismo. La forma de conocer lo que estaba pasando era a través de esas investigaciones periodísticas. Pero ojo, no estoy de acuerdo con esos periodistas que se han puesto en justicieros, fiscales o jueces. Nuestro trabajo es señalar cuáles son los hechos irregulares y punto. Yo nunca dije que Menem es un corrupto o que cometió un delito, sino me limité a exponer los hechos irregulares. Por un lado, creo que el vedettismo de muchos periodistas argentinos ha llevado a ponerse a pontificar y por otro, se desgastó el término periodismo de investigación y a cualquier nota con una sola fuente o a cualquier nota en televisión con una cámara oculta se la llamaba periodismo de investigación y eso no es periodismo de investigación, que es algo mucho más complejo.

¿Qué tipo de fuentes o pruebas considera indispensables para dar por terminada una investigación?

Yo nunca dije que Menem
es corrupto

Nunca se puede conseguir todas las pruebas que uno quiere, pero sí los indicios necesarios como para que cierre la historia. Y luego es necesario contrastarlos con la versión de la persona o empresa a investigar. Es necesario que tengan un peso por sí mismos y, otro factor a tener en cuenta, es qué sabe la competencia. Si tengo la investigación totalmente tabicada y la conseguí yo, tengo la tranquilidad para avanzar, pero cuando el tema está en la opinión pública y hay que competir, hay que ir publicando a medida que se consigue, sin guardar elementos. Lo mejor sería tener un tema atado e ir publicando como una saga, con la planificación y edición necesaria, pero cuando el tema estalla y toma una lógica de rapidez hay que largarlo siempre. Pero siempre checando los datos, porque el periodismo que va a sobrevivir a la revolución tecnológica, no sé en qué formato, si va a ser en papel, digital, iPhone, va a ser el periodismo de calidad, que se basa en la verificación y no en la opinión.

¿Considera que el periodismo de calidad se basa en fuentes y no en opiniones?

Es algo básico y espero que los sectores que han sido críticos y con razón de los medios de comunicación masiva ahora sean críticos del periodismo ciudadano, de los bloggeros, que lo que hacen, y tienen derecho a hacerlo, es periodismo de opinión sin ningún tipo de información. En Argentina, durante las marchas contra la retenciones móviles (impuestos a las exportaciones agropecuarias), circulaba una cadena de e-mails diciendo que se habían pagado sobornos a senadores kirchneristas, copiando el modelo de lo sucedido en el gobierno de (Fernando) de la Rúa con la Reforma Laboral. Un periodista de televisión abierta, incluso, lo leyó al aire y era algo totalmente falso.

¿Alguna vez hizo algo no ortodoxo o alocado para conseguir un elemento para una investigación?

Sí, obviamente, sin cometer ningún tipo de delito, siempre hay algún truco o picardía que uno puede utilizar. Una vez había una causa judicial bajo secreto de sumario y cuando esa causa fue al Congreso porque el juez tenía un pedido de juicio político me hice pasar por el asesor de un diputado de la oposición y entré y leí toda la causa.

¿Cuáles son los principales desafíos que afronta el periodismo en América Latina y en Argentina?

Cómo hacer periodismo de investigación sostenible en el tiempo con esta revolución tecnológica y con estos presupuestos. Hay experiencias como la de CITER (Centro de Investigación e Información Periodística) en Chile, manejado por Mónica González, que están haciendo periodismo por fuera de los medios, pero para los medios, basado en el modelo de Centro de Integridad Pública en Washington, que investigó la campaña de (Bill) Clinton y los contratos de adjudicación de Irak. Ese puede ser un modelo o las becas porque les permiten a los periodistas tener plata para usar su tiempo libre.

¿Cómo es su relación con el lenguaje como herramienta? ¿Cree que el periodismo de investigación tiene un lenguaje particular o que cada periodista lo construye de acuerdo a su formación y sus experiencias?

Creo que el lenguaje del periodismo de investigación es el del dato comprobado, que esto se traduce en textos aburridos, porque hablamos de una licitación pública, del contrato, de la empresa oferente, del precio testigo. El desafío es lograr una redacción atractiva utilizando las técnicas del periodismo novelado, pero para recrear hechos comprobables. Entonces, buscando un personaje, o una cifra que pueda recorrer todo la historia, se puede hacer atractiva, fluida la historia. No escribir para nuestras fuentes, sino para los lectores.

¿Estas estrategias se pueden aplicar sólo en un libro o también se pueden emplear en el trabajo diario?

Se puede siempre y cuando sea un texto largo. Si me dan 40 líneas no hay otra que recurrir a lo duro, pero uno siempre puede encontrar la forma de enganchar al público. Recuerdo que en el caso de María Julia Alzogaray, un caso complejo de enriquecimiento ilícito, ella puso en su declaración jurada de bienes que había comprado una lapicera francesa y que la había pagado cuatro mil ó seis mil dólares. Más allá del análisis técnico que se podía hacer para justificar cómo pasaron sus bienes de 500 mil a dos o tres millones de dólares, esa clase de dato impacta en la opinión pública, porque rebotan en la televisión, en la radio, y sin inventar nada, porque estaba en su declaración jurada de bienes.

¿El periodista tiene como destino causar impacto, llegar sí o sí al lector?

En el caso de la venta de armas a Ecuador y a Croacia, por ejemplo, la detención de Menem se produce después de la declaración del interventor de Fabricaciones Militares, Luis Sarlenga, que confesó llorando en brazos del fiscal (Carlos) Stornelli. Cuando el fiscal le dice dígame, quién le daba las órdenes, que yo puedo ver cómo colaboro en su situación procesal, él (Sarlenga) escribió con el dedo índice en el aire la palabra Yoma. Ésa fue la cabeza de la nota ese día en lugar del texto clásico: El juez Urso detuvo hoy a Emir Yoma por la confesión de Sarlenga. La realidad misma nos va dando el texto.

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