Ésta es su casa. En serio. Si esta revista existe es sobre todo por los recursos del erario provenientes del ejercicio del presupuesto federal en el rubro de la publicidad, que se obtienen del pago de sus impuestos.
Los medios estamos habituados a exigir transparencia en los otros pero no siempre somos nosotros mismos transparentes. Por eso es que surge esta columna. Hablará de todo lo que tiene que ver con etcétera: las finanzas, es decir, sus ingresos y egresos; los gastos en su manufactura; la plantilla de trabajadores y colaboradores; nuestras deudas; los lugares donde circula; las suscripciones y las ventas. La relación con la imprenta, las mensajerías y el correo. También sobre la publicidad; la estancia en Internet y los proyectos que tenemos, por ejemplo la edición de libros sobre medios de comunicación. Además informará cómo se procesan las principales definiciones editoriales, y cuando eso sea el director o la editora escribirán esta columna.
Desde ahora el lector puede acudir al correo electrónico y preguntar lo que quiera, no hay datos reservados ni será necesaria la afirmativa ficta y no consideraremos ni frívolas ni irracionales sus peticiones de información. Por cierto, pronto colocaremos en nuestro portal el sueldo y los bienes de los principales directivos de la revista.
El buen juez…
Empecemos por la casa. Rentamos un pequeño y modesto espacio en Petén 94, en la colonia Narvarte. El pago mensual es de 11 mil pesos y quien nos la renta, el señor Padilla, tiene la misma paciencia que el señor Barriga, además de que en los últimos tres años no la ha incrementado. El recibo bimestral de luz es de tres mil 200 pesos en promedio, y de teléfonos 13 mil, más nueve mil de celulares. Para la mensajería se usan dos carros, el mío y el del director y pagamos, también cada bimestre, ocho mil de gasolina, más mil pesos de papelería y enseres de limpieza.
La casa es de dos pisos. Abajo está la recepción adornada con todas las portadas de etcétera, y mi oficina. Al fondo hay dos espacios más, uno lo ocupa quien se encarga de la distribución y el otro es una sala de juntas llena de cuadros de Marilyn Monroe que debería llamarse de usos múltiples, pues ahí se empacan las revistas, se prepara el correo y en donde también comen varios compañeros que colocan sus alimentos en un frigobar. En una esquina está el baño de las mujeres y al lado un lavadero; también hay un patio donde tenemos algunas plantitas donde sobresale un pequeño rosal (pronto, tal vez, habrá cuatro canarios, dos ninfas y hasta un perico porque el director ya amenazó con trasladarlos del departamento en el que vive. Mi gratitud eterna si logran persuadirlo de que no lo haga).
Arriba a lado izquierdo está la oficina del director, él mismo ha dicho que parece su cuarto de soltero y quienes la conocen saben que sí. Está llena de libros y revistas, junto con un montón de reliquias editoriales de hace quién sabe cuántos años. Está su grabadora, su tele y su computadora y tiene un baño pequeño al que no le funciona la tina. Tiene varios cuadros, le gusta mucho la animación de la última cena con la Monroe en lugar de Jesús y tiene especial predilección por Bettie Page y Vampirella. Pero sobre todo, detrás de su silla está un decálogo ético para los medios de comunicación, escrito por Raúl Trejo.
Enfrente está la oficina del diseñador, llena de cuadros alusivos al cine; ahí jugamos a los dardos o a cualquier otra cosa en medio de las habituales tensiones. A un lado están la editora y el redactor. Ahí está el baño de los hombres, una mesita con un radio y alrededor algunos otros cuadros, por ejemplo un dibujo de Madonna desnuda en las calles de París junto con una foto de la Monroe cuando el mundo descubrió que ella no era rubia.
Y eso es todo. Bueno, no. Hay cinco radios, ocho computadoras que, por cierto, nos urge mucho renovar pues con excepción de la Apple para diseño que compramos a crédito hace un mes, las demás tienen entre seis y ocho años de vida. Contamos con cinco aparatos celulares, uno del director, el otro mío y los otros tres los usan los mensajeros. Tenemos cuatro líneas telefónicas, un fax y una impresora. Casi se me olvida, enfrente del área de distribución hay un cuartito en donde está un garrafón de agua, un radio y dos cafeteras. ésa es una de las principales cosas bonitas de trabajar aquí, el café que tomamos en etcétera está buenísimo y nada más por eso vale la pena visitarnos.
Ésta es su casa, la de usted, con todo y la fachada terrible de amarillo intenso que el pintor hace tres años nos vendió como color yema. Está chueca, créame, y muy fría, tanto que cuando llegamos nos ponemos suéter. Pero nos parece llena de vida. Hasta un baterista vecino forma parte del ambiente, incluidos los gritos de a lado de una mujer que le exige que ya se calle o llamará a la policía (imagínese ahora a los canarios, a las ninfas y al perico, y a los teléfonos repicando junto con todos los radios sonando en frecuencias distintas).
En la otra entrega hablaremos de los 12 habitantes de esta casa.


