La verdad no mata

No es necesario argumentar mucho para dejar en claro que cada actividad laboral tiene sus riesgos profesionales.

El oficio más simple o el más complejo transcurren sin saber en qué momento se cruza la frágil línea que separa a la cotidianidad de la repentina zozobra. Casi en todos los empleos se pueden tomar medidas para minimizar estos riesgos y llevar por buen camino y a feliz término nuestras labores. Pero, ¿qué pasa cuando la actividad de alguien está sujeta a los pareceres de muchos, a tocar fibras sensibles, que cuando menos pueden generar enojos?

De ninguna manera podemos pensar que la labor de cualquier persona deba implicar riesgos en su integridad, sobre todo cuando se realiza por vocación y convicción. Sin embargo, los peligros existen, cada quien los asume según lo comprometido que se sienta con su tarea.

Hay profesiones que tienen como materia prima elementos tan incómodos para tantos, que se vuelven un riesgo latente y cotidiano para quien las ejerce. Es el caso de los comunicadores.

A pesar de que el derecho a la libertad de expresión le ha permitido al periodista hablar de los que antes resultaban intocables, los riesgos en el desarrollo de su vocación resultan mayúsculos y proporcionales al tamaño de la noticia.

Como en todo, hay de todo: están los periodistas que redactan sus notas con la confianza de ser implacables en la información y que resultan irrefutables a pesar del descontento de los protagonistas de la nota, y también encontramos a los que se dejan llevar por los claro-obscuros del medio y prefieren sobrevivir a base de edulcorantes sin comprometer las letras y las palabras, aunque no hacen justicia a la verdad.

Un ejemplo de los primeros es Manuel Buendía, quien al parecer fue silenciado por el entonces titular de la Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla, debido a que -a decir de muchos- tenía evidencias de la participación del jefe policiaco con el narcotráfico. Acusaciones fueron y vinieron.

(Zorrilla Pérez continúa en prisión por varios delitos, así como por la muerte de Buendía, mientras que éste será resucitado este año con la Casa del Periodista, que llevará su nombre y contará con un patrocinio de 10 millones de pesos proporcionados por el gobierno del Distrito Federal.)

Que un informador pierda la vida en el desarrollo de su trabajo, es vergonzante. Que un informador sea ignorado en el contenido de sus textos, es penoso. Pero no aprovechar lo que un periodista nos expone con gran esfuerzo, es de ignorantes y soberbios.

Por otro lado, hay que reconocer, los medios también han servido -y de maner a gratuita- a las mafias para distribuir mensajes, como el recado “a quien corresponda”. Han sido la plataforma electoral de políticos sin propuestas, que hacen campañas desprestigiando a sus contrincantes, quienes, a su vez, no cuentan con recursos económicos para sobresalir. Han dotado de espacio a grandes congregaciones para dar sermones.

Los medios informativos han sido penosamente utilizados cuando el protagonista de la noticia nos cree retrasados y, sin más, nos revienta una osamenta encontrada por una médium a la que hubieran quemado en la época de la Inquisición; no por bruja, sino por tonta.

Con ese poder y con las posibilidades tecnológicas empleadas hoy, los medios hubieran cambiado la historia del mundo en caso de haber contado con ellas en otros tiempos. Imagínense lo que hubieran hecho con las herramientas actuales Heriberto Frías en su diario La convención, o John Reed, quien siguió por semanas a los revolucionarios del norte para redactar sus notas.

Todo es posible a través de la, a veces, penosa tarea de informar.

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