Pájaros en el alambre


Foto: Vanessa Kennedy/
vanessakennedy.com

En la imaginación popular (que es la mía) un señor que es espía se advierte como tal por diversos elementos emblemáticos: lo primero es una mirada sigilosa que divisa en todas direcciones para saber si no viene la competencia, lo segundo es vestirse como se vestía el controvertido cantante Raphael, es decir, de negro nomás que con guantes de señora rica. Otro elemento distintivo es una vida con lo que la gente pendeja llama glamour y que consiste, de manera elemental, en presentarse en cocteles de gorra en los que se sirven viandas vomitivas como caviar o ancas de rana, deslizarse a una caja fuerte y robar los planos del metro de Tlaquepaque en misión comando. El cuarto y último punto no es menor; los espías y las espías conocen en el sentido bíblico a un número de personas infinitamente superior a la media.

Bien, resulta claro que esta imagen se la ha llevado la noche de los tiempos y hoy a la gente que se dedica a espiar la imagino ligeramente menesterosa con la única capacidad de manejar aparatos que se adquieren en Tepito y que sirven para que los demás nos enteremos de cosas que simple y llanamente no nos importan. Recuerdo que hace algunos años publiqué una nota en la que manifestaba mi azoro al ver una fotografía en la portada de Reforma, en la que se apreciaba al señor Raúl Salinas en traje de baño a bordo de un yate y con una señora sentada sobre él en una posición que el Kama Sutra debe definir, aunque ignoro tal definición. En ese momento me pregunté: ¿es esa una nota? Mi respuesta era, por supuesto, negativa ya que al único que le importaba lo que ahí ocurriera era al señor Salinas, a su novia y al dueño del yate en cuestión. Una sensación similar tengo con las recientes grabaciones que se han hecho públicas y que le han costado la cabeza a Luis Téllez (la cabeza de un secretario de Estado, no es poca cabeza).

Veamos, lo primero que llama mi curiosidad es que la noticia se concentra sobre el contenido de las llamadas y no sobre la forma de obtenerlas y difundirlas. Ya mucho se ha dicho acerca del chantaje ilegal al que fue sometido el gobierno federal y que determinó la renuncia de un ministro nacional. En realidad lo que me interesa discutir es la impunidad rampante con que cualquier pelagatos se filtra en nuestra vida y la forma como los medios (sin cuestionarse absolutamente nada) difunden esta información.

He escuchado en más de una ocasión argumentos en defensa de la difusión de estos mensajes que me parecen simplemente lamentables; el más recurrente se centra en la frase, por cierto, ligeramente críptica: mata al mensajero, que quiere decir más o menos que los medios no tienen ninguna responsabilidad ya que sólo transmiten un mensaje y no lo generan. El argumento anterior es tan bueno como un guión del Guero Castro ya que esta supuesta asepsia es desde luego perversa; transmitir un mensaje que se obtiene de manera ilegal argumentando el interés público es una cosa de muy mala madre y profundamente peligrosa por las siguientes razones: a) los medios le están haciendo el juego en muchos casos a partes interesadas que quieren dar golpes en la cabeza a algún interés y se valen de esta difusión que no es otra cosa que un descontón masivo b) los medios pueden filtrar, en algunos casos la información que les conviene de la que no, lo que los convierte en un espacio discrecional y veleidoso (no puedo imaginar a Loret de Mola difundiendo las sorprendentes grabaciones de Emilio Azcárraga sin que me dé un ataque de risa).

Lo realmente interesante sería que alguien alguna vez pisara el bote por escuchar cosas que no le interesan o igualmente, por difundirlas. Sin embargo, eso lo veo muy lejano y mucho más posible que un amante despechado(a) sienta que es de justicia elemental grabar al amor de su vida diciendo cosas como es que el Presidente no hace nada para luego rostizarlo en cadena nacional otorgándonos la dosis exacta de circo que nos merecemos, por ser un pueblo tan chimiscolero.

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