Twitter y “clima digital en el mundo”

Hacia una caracterización de la Web Semántica

Hace algunas semanas (lo escribo en febrero del año 2013 y sin afanes de “última hora”, hartos como debemos estar muchos de que la inmediatez sea hoy una de las cualidades más vulgares de la información), uno de los códigos más sólidos y de uso más común en la red, el JavaScript, dio un salto cualitativo en sus posibles aplicaciones visuales en el espacio digital, de la mano de una idea por demás mínima; casi intrascendente. Franck Ernewein, programador y diseñador radicado en París, tuvo la idea de desarrollar una aplicación que, gracias al innovador sistema Socket.IO (que permite a los navegadores de Internet adaptarse de manera inmediata a la lectura de aplicaciones .js en tiempo real), “visualiza” segundo a segundo la actividad de la red social Twitter, cuyo antojadizo límite de 140 caracteres no ha parecido impedirle uno de los crecimientos exponenciales de mayor alcance en el mercado de las redes sociales corporativas. El experimento de Ernewein “reacciona” a los datos enviados por la aplicación e ilumina paulatinamente el mapa del mundo, proporcionando así una experiencia de narrador omnisciente al visitante, quien mira maravillado cómo se enciende el mundo al ritmo de una onomatopeya insoportable (“tweet” y pío están tan lejos como chicken y pollo, según creo entender).

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Por supuesto, las lecturas que hacen relevante a tweetping.net son tanto más variadas. El sitio permite un seguimiento acucioso hasta lo abrumador, relatándonos toda una numeralia de estadísticas que van desde el último hashtag usado por masa continental (o, más bien, por la propia concepción geográfica del autor, que divide al mundo en “Norteamérica, Sudamérica, Europa, África y Asia”) así como las últimas menciones, la cantidad de palabras utilizadas y un par más de interesantes datos que se desvanecen tan rápido como ocurren.

La primera y más evidente de las preocupaciones del visitante tendrá que ver, me atrevo a anticiparme, con el mapa. La observación de las luces se traduce pronto, muy pronto, en su opuesto: los ominosos espacios vacíos dejan ver, asumir o imaginar (según la corrección política de quien los mire) atrasos, marginaciones, animadversiones con la empresa, brechas tecnológicas, capitalismo salvaje y totalitarismos de toda índole; pero también otras cosas más mundanas como diferencias horarias, diferencias en la adaptación de la articulación lingu%u0308ística al ser constreñida arbitrariamente, el uso de opciones de red social más locales o con más simpatías idiomáticas, etcétera. Como se puede asumir, las posibles lecturas de un espacio limitado de significación -como el espacio de una pantalla digital que nos devuelve la gráfica de un acto físico en el mundo “real” (el acto de escribir el tuit sigue siéndolo, por el momento y no en todos los casos1) -, son prácticamente innumerables.

Es, sin embargo, lo que las hace innumerables lo que importa desde un punto de vista semántico. La animosidad que ha despertado este experimento de visualización en tiempo real no ha sido únicamente significativa por su previsible viralidad ni por el hecho de que la página ya comenzó a recibir sus propios ataques de boots y sus propias “caídas del sistema”, sino porque no ha dejado de ser criticada, analizada y resemantizada hasta el cansancio, a lo que sin duda se suma el hueco negro que mi ausencia haya dejado en las redes sociales por sentarme a escribir esto.

La pregunta que surge del ejemplo es, por otro lado, del todo pertinente. Desde el año 2011, Twitter ha sido utilizado por diversas instituciones (por ejemplo, científicos de la Universidad Cornell en Nueva York) como herramienta de análisis para conocer -pregunta de carácter impostergable-, el “humor” en el que se encuentra la gente en el mundo, tanto a través de algoritmos básicos que analizan el contenido de materiales gráficos y fotográficos publicados en redes sociales (para medir la cantidad de mensajes de amor/odio que se emiten por país, como en el caso de www.lovewillconquer.co.uk, por ejemplo), como a través de resultados “incontrovertibles” de estadística que se pueden resumir en sentencias tales como “la gente es más feliz en México que en Rusia” -enunciación que resulta por demás arbitraria- o “la gente es más feliz los fines de semana” -lo cual es fascinante de tan obvio.2 Como ardid secuencial, la información visual tiende, en todo caso, a conducirse eminentemente en la noción de espacio y tiempo, de volumen, por lo que asume una cantidad de formas interpretables y al mismo tiempo, cargadas de información semántica por la misma naturaleza de su diseño, su color y su perspectiva. Otra cosa, y no tan otra, son los números y el sesgo estadístico que, por su naturaleza matemática y de por sí codificable, se imponen con cierta presunción de dato duro irrefutable, lo que conduce a ciertas generalizaciones que resultan inmanentemente cuestionables -como inmanente es la naturaleza cuestionable de la estadística. Como si no tuviéramos suficiente con nuestros propios prejuicios derivados de la ignorancia, ahora vienen las computadoras a llenarse de opiniones generalizadoras sobre nosotros, derivadas graciosamente de la certeza.

El significado tiene un sentido eminentemente político, en todo caso, y lo tiene de antemano. La crítica de Noam Chomsky a la concepción única y privativamente lineal de la construcción de sentido (como las nociones conductistas de sintaxis, o los modelos de lenguaje secuencial resumibles en fórmulas matemáticas como las cadenas de Markov, etcétera), no pelea necesariamente sólo en la posibilidad de la realidad como “verdad codificable” sino en un rechazo primigenio, fundamental, por la posibilidad de que algún día lo sea de forma más o menos perfectible. La posibilidad de relectura de todo aquello que sea cognoscible -incluso el debate íntimo de la propia existencia- debería permanecer como una experiencia transitable de sorpresa en sorpresa y no como una inamovible representación del obtuso, cínico y corporativo “no hay nada nuevo bajo el sol”, aunque de vez en vez esta máxima parezca tentadoramente cierta y le dé la razón a nuestro aburrimiento. Que sea de otro modo se antoja demasiado desolador; demasiado totalitario en todo caso.

Probablemente, si quisiéramos entender de manera más cabal el “clima” en el mundo digital, tendríamos que incluir en la estadística y en su resultado cognoscible lo que de nosotros dicen los boots, las publicaciones derivadas de códigos maleados (virus, malware, etcétera.) y otros protagonistas de la autopublicación, que hablan también de esa parte de nosotros que en código se expresa de manera oportunista, veleidosa, extrapolada, mal intencionada o, por lo menos, confrontativa.

Tal vez entenderíamos que entre esas expresiones molestas, intrusivas, y nuestra propia forma de conducirnos en la esfera digital del conocimiento, no hay ninguna diferencia cuantificable. Salvo tal vez el acto aparentemente externo, aparentemente real, de hacer clic en el botón “publicar”.

Notas:

1 Recuerde el lector que uno de los principales problemas de las redes sociales de microblogging (Twitter y Tumblr, principalmente) es el ataque constante de robots o “boots”, que publican de manera automática mensajes repletos de spam.

2 Cita en http://www.newscientist.com/blogs/onepercent/2011/09/twitter-reveals-the-worlds-emo1.html

Autor

  • Daniel Iván

    Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

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