Kalimán fue mi primer héroe; era un hombre muy recto, a pesar de que lo tentaron con riquezas, viejas bien buenotas y hasta reinos, nunca se vendió. Tampoco tuvo mujer, aunque coqueteaba con varias; me acuerdo de una llamaba Brenda, rubia y todo, de una aventura (más bien la primera que escuché por radio) donde participaba el capitán Gary Logan; puro nombre extraño para los chavos de ese pueblo oxaqueños. Tampoco sabíamos nada de los pederastas, si no, habríamos sospechado que siempre lo acompañara Solín.
Ah, Kalimán también hablaba muchos idiomas; por ejemplo, en una aventura en Tokio, nos sorprendió a todo el auditorio de chamacos sin quehacer, cuando se pudo comunicar sin problemas con los naturales de aquellas lejanísimas tierras… aunque sólo pudimos escuchar: “arígato… domo arígato…”; bueno, los autores del guión no viajaban mucho, supongo.
La tele tardaría en llegar a casa unos tres o cuatro años más, por eso, la radio en aquellas épocas era lo máximo para la imaginación, y los comics no pudieron igualar la magnificencia de la aventura radial. No había poder humano que nos despegara de la frecuencia de la RCN, a las cuatro de la tarde, para terminar más preocupados, porque Kalimán siempre se quedaba a punto de morir; nadie se fijaba que siempre, también, se salvaba.
Fue así como aprendimos algunos valores, y nos enrojecimos los ojos tratando de hipnotizar al perro o de apagar un foco con la mente; donde desistimos fue en eso de los músculos, no tuvimos serenidad y mucho menos paciencia.
Kalimán era en verdad increíble. Ya conocíamos al Rayo de Plata y a su socio el “Serranito” (dos vaqueros justicieros después Arandú, con su ayudante Taolamba, un negro que no se sentía mal de ayudar al príncipe de la jungla (nunca supe por qué en la versión de historieta se le llamaba Toloamba y otro preferido: “Chucho el Roto”. Por supuesto, los estudiosos de esos fenómenos (je, se oye chido, ¿no?) también conocíamos a todos los superhéroes de editorial Novaro (Supermán, Batman, Tarzán, El llanero solitario, el chido de Fantomas…) y a los de Marvel (Hombre Araña y Cía.).
Pero Kalimán era otra cosa. Y andaba por todo el mundo: así se enfrentó a la Bruja Blanca del Kilimanjaro y, cuando anduvo por Turquía, no la veían llegar Las Panteras de Estambul; le hizo ver su suerte al Conde Bartok (el primer Drácula que conocí). En Japón sufrió un poco, pero le ganó al malvado Doctor Kiro; hasta anduvo por el Mar Egeo (bueno, estás últimas aventuras las leí, no sé si también las pasaron en la radio), y como de Odiseo, también se enamoró de él la guapota de Calipso, a quien, también, él le dio calabazas. Esta aventura significaba que a los argumentistas se les estaba secando el cerebro, pues echaban mano de historias clásicas. Pero servía, porque así aprendimos quién era Poseidón o que Eolo era el dios del viento.
Fueron tantas tardes de emoción —y noches, porque tiempo después descubrí (gracias a mi naciente insomnio), que también había un programa en otra estación, que solamente se captaba en horario nocturno, aunque con interferencia.
Así pude ser casi espectador. No me comía las uñas porque en la escuela Ferrocarrilera la maestra nos daba reglazos en las manos si las manteníamos largas. Pero hasta contenía la respiración cuando Kalimán andaba entre las momias de Machu Pichu o peleaba contra los cadáveres vivientes o en su aventura contra el “Demonio del Tibet”.
El capítulo siempre terminaba con una frase: “Y recuerde… donde haya una injusticia que reparar o la emoción de una aventura o la belleza de una mujer… ahí está ¡Kaaalimann! ¡El Hombre Increíble!”.
Cuando se estrenó la película, cientos de chicos asistimos al cine Lux para ver a nuestro héroe. Claro, se escuchaba en off “la voz de Kalimán” advirtiendo: “Yo, Kalimán, autorizo a Jeff Cooper a interpretar este pasaje de mi vida…”.
El pequeño Solín era Nino de Arco; me cayó bien. Y el Kalimán no me gustó tanto porque cambió la imagen que tenía de él. Aunque no estaba mal.
Y, cuando andaba en los comics dándose un quien vive contra el pelón de Karma… por ahí lo dejé. A los catorce o quince años ya era hora de buscar chavas (aunque seguí leyendo al Spirit, con su amigo Ébano; al Hombre Araña, las revistas de vaqueros “de letritas”, como las de Marcial Lafuente Estefanía… y el Libro vaquero, donde dibujaban siempre puras chicas nalgonas, blancas e indias, las aventuras de Gervasio Robles “El Pantera” y Chanóc, que para ese tiempo ya se había vuelto más divertido, con juegos de fut en la selva). Pero nadie como Kalimán…
“El Hombre Increíble”, era elegante —Fantomas y Chucho también, pero en otra onda; y Kalimán no tenía un ayudante con nombre tan vulgar como “La Changa”; Solín era egipcio y hasta resultó príncipe— y muy inteligente; siempre tenía frases exitosas; no mataba a nadie; nos encantaba con sus conocimientos supuestamente orientales; y nos ayudó a salir de algunos problemas porque se nos quedó grabado que: “siempre hay un camino cuando se mira con los ojos de la inteligencia”.
Pasaron años, y muchos héroes después, para saber que el cabrón locutor nos mentía. Aunque sabía que era ficción, creo que me desilusioné cuando supe que la voz del “propio Kalimán”, era la de Luis Manuel Pelayo.


