No tengo cuenta en Facebook porque no quiero cargar fotos ni encontrarme con gente a la que voluntariamente dejé de tratar. Pero mis amigas sí tienen y dos de ellas me enviaron correos durante varias semanas para que me uniera. Cuando les pregunte por qué insistían, las dos me dijeron que no eran suyos esos correos; de hecho, ni siquiera sabían que la empresa los había enviado en su nombre: así probé la nueva teoría conspirativa sobre Facebook.
Mis amigas me explican las facilidades del sitio para encontrar gente y enviarle un mensaje: “quiero agregarte a mi lista de amigos”. Les pregunto con cuántos de sus nuevos amigos hablaron y la respuesta es 5 ó 6 del centenar que tienen registrado: la mayoría de los nombres, explican, son de adolescentes que compiten para ver quién tiene más contactos, sin importarle realmente quién es cada uno. Para probarlo, creo una cuenta y empiezan a aparecer mensajes en mi correo de personas desconocidas.
Permito que me agreguen y les pregunto por qué quieren que “sea su amigo”, no contestan: para ellos, supongo, la tarea ya está cumplida, tienen un nombre más en su lista. Así confirmo el estudio de MTV, Nickelodeon y Microsoft que dice que en es tos sitios los adolescentes construyen la popularidad propia y miden la ajena. En Facebook interactúan entre sí, construyen lenguajes y códigos comunes que excluyen a los adultos que no se adaptan rápido a las nuevas tecnologías. Mis amigas ríen cuando se los comento y dicen que, a pesar de tener 30 años, “pienso como viejo”, pero cuando les cuento las últimas novedades sobre Facebook me prestan más atención porque ellas, como tantos otros, aceptaron las condiciones de registro sin leerlas y, según The Guardian, toda la información de los usuarios de Facebook se usa para hacer una completa radiografía de sus comportamientos y gustos.
Les comento que ya hay un movimiento anti-Facebook que este año impidió que la empresa cambiara la cláusula de confidencialidad que le habría permitido guardar información de los usuarios incluso aunque se hubieran dado de baja. La empresa reconoció: “entendimos que los normas son rígidas y que hay que elaborar un documento para gobernar el servicio”. Mis amigas repiten que “no hicieron nada raro”, pero eso no importa porque Facebook es el sitio ideal para conseguir información sobre mucha gente. Parafraseando al señor Burns de Los Simpson: “los clientes entran, dejan sus datos y se van felices. Nada puede salir mal”.
Según la BBC, incluso las aplicaciones del sitio en apariencia inocentes permiten preguntar al usuario sobre temas como religión, políticas o televisión y así armar un perfil sobre sus gustos e inclinaciones; un equipo del canal demostró lo fácil que era conseguir información sobre una persona en pocos minutos con base en preguntas inocentes como “Si tuviera que elegir un Presidente, este seria: a)…”.
Buena parte de los millones de usuarios entregó información sin darse cuenta de la radiografía a la que era sometida y sólo después de la denuncia de la BBC, Facebook advirtió que al interactuar con las aplicaciones uno le estaba cediendo información. A pesar de esto, las personas aún ingresan y se ponen bajo el inmenso y atento ojo de este moderno Gran Hermano.
Es difícil decir cuánto hay de paranoia conspirativa alrededor del tema. Pero la presencia como accionistas de Peter Andreas Thiel , un millonario republicano de tendencias reaccionarias, y Howard Cox, miembro de la CIA cuya tarea es “identificar socios y empresas que desarrollen tecnologías de vanguardia para ayudar a generar soluciones a la CIA y a la comunidad de inteligencia”, hace creíble la idea de que Facebook es parte del nuevo complot.
No le comento esto a mis amigas que son felices en Facebook, no entienden las consecuencias de un acto tan simple como hacer clic sin leer la letra minúscula de los contratos que especifican que entrar es fácil; lo difícil es salir.

