Placer en cautiverio

Tomás y Daly vivían en un mundo de libertad plena y violenta, pero los dos no disfrutaban el mismo placer extático que extraían de aquella vida sin ningún límite que incluía la ocasión recurrente de derramar sangre ajena. O al menos no lo disfrutaban en forma simultánea. Solo una vez rompieron esa incongruencia. La víctima, que con una rapidez inverosímil se convirtió en cómplice, poseía el inusual y ridículo distintivo de tener tres nombres. Se llamaba Donato Alfonso Francisco. Lo sé porque él mismo me contó esta historia que, si soy franco, me hubiera gustado que no fuera real. Pero me temo que fue tan real como la luz del día: el reciente arresto de Tomás y Daly no permite lugar para la duda. Solo agregaré, antes de proceder al recuento de los hechos, que Donato no le confesó a la policía el placer que sustrajo de la experiencia y que, si a mí me lo reveló fue tan solo en el vano intento de aliviar el sentimiento de culpa que le procuraba haber denunciado a Daly ante la policía.

Aquella noche Tomás y Daly salieron de cacería como acostumbraban hacer después de liquidar a su víctima más reciente. Apegados a un itinerario que habían seguido al pie de la letra durante los últimos once meses, Daly se paró en un esquina y Tomás estacionó el coche a cincuenta metros de ella. Las piernas torneadas de Daly brillaban en la noche como dos hechizos hipnóticos imposibles de eludir. Bastaba que el conductor disminuyera un poco la velocidad para que gozara la oportunidad de apreciar, bajo el munífico escote, un par de maravillas enormes, al parecer ya duras y dóciles a la voluntad del transeúnte.

-¿Cuánto? -preguntó Donato Alfonso Francisco, el sujeto que llevaba sus tres nombres con orgullo, ya libre de cualquier petrificante temor al ridículo.

Daly pronunció el precio, aclaró que el hotel corría a cargo del cliente y, tras la esperada señal de aceptación, abrió la puerta del coche, pero no subió en él. Con el torso inclinado en un grado óptimo para dejar a la vista los senos formidables, se mantuvo al acecho sobre la banqueta.

-Quisiera que me pagarás primero, nene.

-Sube y te pago.

-Claro, nene, pero sé bueno e inyéctame ánimos mostrándome los billetitos.

Donato sacó su cartera, la abrió y, cuando alzó la cara para ver el rostro que ponía la deliciosa mujer ante el contenido, tropezó con el cañón de una pistola. Entonces pensó meter primera y pisar el acelerador, pero el atacante actuó con mayor rapidez y se apropió de las llaves del automóvil.

-Llévatelo todo, no hay bronca -declaró Donato.

-Así será, pero debes pasarte al otro asiento.

Donato obedeció, el atacante abordó el asiento trasero y la mujer rodeó el coche para apropiarse del volante.

Por un momento Donato acarició la idea de bajar por la puerta del copiloto, pero el miedo lo contuvo como una cadena infranqueable. Le daba vergu%u0308enza admitirlo, pero el terror actuó como un freno rotundo que provocó en él una furia inútil, un coraje torpemente volcado contra sí mismo que, ése sí, lo petrificó con una tiranía invencible. Imaginó que lo llevarían a un cajero automático o lo utilizarían para extorsionar a su familia, pero no hicieron una cosa ni la otra. Lo trasladaron a una casa perdida en el monte y lo ataron en la cabecera de una cama. Luego el hombre lo penetró mientras que la mujer lo montaba como amazona rescatada de la virginidad propia de las amazonas. Tras el trance se enteró que ninguna de las víctimas anteriores había presentado una erección como la que él había experimentado. Más aún: supo que la mujer no solía montar a los sujetos secuestrados. ¿Cómo los iba a montar si no se asomaba un miembro enhiesto que pudiera ser montado? No, Donato no podía explicarme por qué se había excitado. Simplemente no lo sabía. Pero también se había excitado durante el segundo y el tercer ataque, y durante el cuarto el otro hombre se abstuvo de participar. En aquel momento conoció al fin los nombres de sus raptores: Tomás y Daly.

-¿Por qué ya no viene Tomás? -le preguntó a Daly durante la séptima ocasión que ella lo montó con la ansiedad desenfrenada de las mujeres saludables cuando se encuentran a punto de llegar al orgasmo, pero no llegan, no llegan, pero tal vez sí lo logren.

-Porque lo inhibe tu verga parada.

-¿Ah, sí? -preguntó Donato con visible desconcierto, pues él jamás se hubiera desanimado por un detalle como ése-. Todo lo contrario -le explicó a Daly- cuando penetro a un hombre (o a una mujer durante un trío con otro hombre) me vuelve loco que el miembro del tipo se encuentre grande y duro como un mástil de navío -paso seguido, Daly volvió a montarse en él y otra vez un par de horas después.

Una tarde Daly se quejó con él, con Donato. Le reveló que no había disfrutado ninguno de los secuestros previos:

-Solo Tomás gozaba -añadió con un profundo despecho. No obstante, al cabo de la vigorosa (obligadamente vigorosa) cabalgata, le confesó que incluso entonces disfrutaba-. No a la hora de coger, sino cuando los sacrificábamos como perros rabiosos sentenció con el frenético arrebato que resulta tan natural y espontáneo en las personas que no conocen la tristeza. Los despachaban con un cuchillo de carnicero. Obvio: ella era la encargada de ejecutar la peripecia.

-Creo que me desató gracias a la confianza que logré despertar en ella. Por eso siento que la traicioné al delatarla con la policía.

Ya sin las cadenas que lo sujetaban a la cabecera de la cama, Donato evadió con relativa facilidad su cautiverio. En un par de movimientos se apropió del cuchillo de carnicero que Tomás y Daly usaban para asesinar a sus víctimas y, con él en ristre, salió al bosque y echó a correr. Ahora sueña cada noche con Daly. Mientras coge con ella, ambos quedan exquisitamente bañados en sangre y Tomás los mira desde la misma ventana que solía aprovechar para observarlos en la realidad.

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