miércoles 17 abril 2024

¿Mafalda o Los Simpson?

por María Cristina Rosas

El 15 de marzo de 1962 nació Mafalda de la mano de Joaquín Salvador Lavado, mejor conocido como Quino, como parte de una campaña para promocionar lavadoras. La campaña nunca se realizó, seguramente porque Mafalda estaba destinada a otras faenas menos terrenales. Quince años

después, el 19 de abril de 1987, Los Simpson hicieron su primera aparición en la TV, en el Show de Tracey Ullman, creados por el caricaturista Matt Groening, quien ya gozaba de una notable reputación gracias a la publicación de la serie de historietas Life is Hell, protagonizada por diversos conejos. Así, tanto Mafalda como Los Simpson vieron la luz gracias a creadores de tiras cómicas, si bien en contextos y situaciones muy diferentes. Ambos poseen un tono sarcástico, pero el formato y los caracteres principales difieren sustancialmente en cada caso y sirven a objetivos distintos.

Mafalda es una niña de seis años que detesta la sopa y ama a The Beatles y al Pájaro Loco. Vive en el seno de una familia de clase media, donde su papá es oficinista y su mamá una típica ama de casa. En agosto de 1967, la madre de Mafalda se enteró de que estaba embarazada y el nuevo miembro de la familia, Guille, nació el 21 de marzo de 1968. Mafalda se preocupa por los problemas mundiales y posee un globo terráqueo con el que se le ve frecuentemente. Aspira a ser intérprete en la ONU para contribuir a solucionar los problemas del planeta, de manera que cuando dos líderes estén reunidos y ella sea la traductora, pueda convertir una frase como “Su país es un asco”, en “Su país es maravilloso”. Mafalda reprocha a los adultos el mundo que le han legado y aspira a cambiarlo. En este sentido, se trata de un personaje idealista, progresista y revolucionario.

Durante los años en que Mafalda vio la luz (de 1962 a 1973), su produjeron acontecimientos muy dramáticos en Argentina y el mundo. En el año en que Mafalda nació, en Argentina, el presidente Arturo Frondizi, quien había legalizado el peronismo, fue víctima de un golpe de Estado que posibilitó el ascenso, a instancias de los militares, de José María Guido. El nuevo mandatario proscribió otra vez el peronismo y en esas condiciones convocó a elecciones, resultando favorecido Arturo Illia. Éste, ya en el poder, levantó las restricciones al peronismo y en las elecciones legislativas de 1965, los peronistas, con sus propios candidatos, obtuvieron una amplia victoria, lo que no fue del agrado de las fuerzas armadas. Diversos sectores económicos y políticos patrocinaron una campaña de desprestigio contra el presidente Illia y al final esto allanó el camino para que el general Juan Carlos Onganía diera un nuevo golpe de Estado, convirtiéndose así en mandatario de facto hasta 1970. Su gestión se caracterizó por una dura represión, en particular contra las universidades y las manifestaciones artísticas. La famosa noche de los bastones blancos, que se produjo el 29 de julio de 1966, es recordada por la brutalidad con la que la policía federal argentina desalojó cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires, donde trabajadores, estudiantes y profesores se manifestaban contra la decisión del gobierno militar de intervenir en todos los asuntos de las universidades y de eliminar el cogobierno tripartito -de estudiantes, docentes y graduados-. Los “bastones” son los famosos “palitos de abollar ideologías” a que hace alusión Mafalda en las tiras cómicas.

Eran los tiempos de la Guerra Fría; el triunfo de la Revolución Cubana y las acciones guerrilleras del Che Guevara eran la nota. Mientras tanto, Estados Unidos se estancaba en Vietnam. Washington y Moscú se disputaban la influencia en el mundo, en particular a la luz de los procesos de independencia que se producían en diversas latitudes. En este sentido, Mafalda era la voz de la subversión, del igualitarismo. Cuando la pequeña argentinita afirmaba que las mujeres no habían desempeñado un papel sino un “trapo” en la historia de la humanidad, condenaba el machismo y ridiculizaba a las “buenas conciencias burguesas”, conformes con el estado de cosas en tanto la situación económica y política les favoreciera.

El contexto en que aparecieron Los Simpson fue distinto. Mientras que Mafalda era para “leerse”, la extraordinaria creación de Matt Groening buscaba llenar un vacío en la programación televisiva en un cierto horario y con atención a un público dentro de un rango de edades determinado. Además, Los Simpson se orientan sobre todo a “espectadores”, no tanto a “lectores.” Si bien, al igual que Mafalda, Los Simpson apostaron a un público adulto, lo cierto es que los más jóvenes también se identifican con ellos: no en balde para los pequeños y adolescentes es más sencillo ubicar y nombrar a los personajes de la familia favorita de Springfield, que a los funcionarios de importancia a nivel local y/o nacional.

Es verdad que el Estados Unidos de Los Simpson cambió en los últimos 20 años. En 1987, cuando eran simples cortos animados, gobernaba a la nación el republicano Ronald Reagan, empecinado en ganar la Guerra Fría y destruir a la URSS. A lo largo de la década de los 90 se sucedieron acontecimientos muy importantes, entre otros, el colapso de la Unión Soviética, los dos períodos de la administración de William Clinton, y ya en el nuevo siglo, regresaron los conservadores con George W. Bush a la cabeza, quien hizo frente a dos guerras, una en Afganistán y otra en Irak, además de otra contienda, la ya conocida “guerra contra el terrorismo”, a partir de 2001.

En los pasados 20 años también cambió mucho la sociedad estadunidense. La familia nuclear, como tal, parece estar en vías de extinción y en su lugar subsisten parejas homosexuales, hogares con un solo padre, con menos hijos, con más comodidades y tecnologías en casa, pero también con una mayor incertidumbre laboral, profesional y afectiva. El desempleo, la violencia y las adicciones van en aumento. El ritmo de vida propicia menos tiempo para comer bien, para la convivencia y/o para leer. El estadounidense promedio pasa una parte sustancial de su vida frente al televisor y/o con más pantallas en su habitación, incluida, por supuesto, la computadora -en el país más internetizado del planeta.

En esas circunstancias Los Simpson hacen una propuesta de entretenimiento basada, paradójicamente, en una familia nuclear y en donde cada miembro desempeña roles tradicionales. Como la mayor parte de los productos de Hollywood, tiene una tendencia demócrata-liberal, si bien las soluciones planteadas ante los diversos desafíos que enfrentan los personajes de la serie jamás alteran el orden social imperante. Así, los ricos siempre son ricos, y los pobres siempre son pobres. La corrupción de las autoridades y de los garantes de la ley y el orden subsisten en los diversos episodios. Si la historia en turno versa en torno a algún cambio importante -por ejemplo, cuando a Homero le extraen un crayón alojado en su cerebro, responsable de su idiotez- al final se vuelve al punto de partida -y a Homero le reimplantan el crayón.

Los Simpson son políticamente incorrectos, pero difícilmente se les podría ubicar en un espectro ideológico de izquierda, en primer lugar porque tratan con la misma insolencia a las ideas revolucionarias y a las conservadoras, y especialmente porque no proponen un orden social alterno, equitativo ni justo. En una visión sobre el futuro, Lisa se convierte en la primera mujer en llegar a la Presidencia, pero se ve obligada -con la ayuda de Bart- a mentirle a los acreedores de Estados Unidos ante la insolvencia del país -cuya situación se ha deteriorado a niveles insospechados, lo que sugiere que no por ser ella tan lista ni por su condición de fémina, las cosas cambiarán para bien. En otro episodio, Mona Simpson, la mamá de Homero, aparece como prófuga de la justicia, por haber destruido un programa de armas biológicas del Señor Burns y ese activismo la llevó a abandonar a su familia y a huir, precio demasiado alto que transmite el mensaje de que “ser activista es malo y crea problemas”.

A primera vista, Lisa guarda algunas similitudes con Mafalda -por su idealismo, la búsqueda de la verdad y de la justicia, la exaltación del papel de la mujer en la sociedad y la denuncia de la corrupción-pero al final se contenta con un poni o un saxofón nuevo o, dicho en otras palabras, simplemente se conforma y acepta las cosas como son. A la inversa de la época en que Mafalda vio la luz, Lisa y Los Simpson se desenvuelven en medio de la crisis de las ideologías y donde los movimientos de izquierda, en general, están fuertemente desprestigiados. Los logros de la Revolución Cubana, otrora exaltados y admirados, hoy son fuertemente cuestionados e, inclusive, en Los Simpson, Fidel Castro aparece como un líder quebrado, a punto de capitular, que tima al Señor Burns y lo despoja de un billete de un trillón de dólares.

A diferencia de Mafalda, una niña solidaria que se preocupa por los demás, en Los Simpson se exalta a niveles insospechados el individualismo, (el “¡sálvese quien pueda!”). El mundo, parecen decir Los Simpson, es competitivo, por lo que no queda de otra más que sobrevivir. Por cierto que a diferencia de toda la atención que le prodiga Mafalda a los problemas mundiales, Los Simpson se retraen y circunscriben sus acciones, anhelos y percepciones a su entorno inmediato. El mundo sí es referido en algunos episodios, pero siempre de manera peyorativa, incluyendo las numerosas ocasiones en que la familia viaja al exterior, donde, generalmente, sufre diversas vejaciones. Bart, igual que Mafalda, tiene un globo terráqueo, sólo que éste fue un regalo de su abuelo y la primera ocasión en que lo utilizó fue porque Lisa tomó el globo y lo desenvolvió -todavía traía la envoltura de regalo- para mostrar a Bart la ubicación de Australia. Para decirlo pronto: el mundo de Mafalda es muy distinto del mundo de Los Simpson.

Como señala Juan Pablo Martín Correa en su libro Detrás de Los Simpson: “La globalización y la crisis de toda índole por las que atraviesan los países del mundo han cambiado indiscutiblemente la forma de socializar en comunidad y ello ha influido en el pensamiento del hombre de hoy (…). Los comportamientos humanos se han alterado, la inseguridad es un factor de desequilibrio social, hasta tal punto que el hombre de fin del siglo XX ha visto la extinción progresiva de los paseos urbanos y la vida comunitaria. Las personas tienden a refugiarse en sus hogares, en conjuntos habitacionales cerrados, en la calidez de su casa o apartamento, tendiendo al individualismo y a la soledad. En la actualidad, la forma de relacionarse con el mundo es a través de los medios de comunicación. En consecuencia, los individuos permanecen atentos y ensimismados frente a la televisión, la prensa, la radio, Internet, o cualquier otra forma alternativa de difusión o comunicación, ya no tanto para mantenerse informados de lo que ocurre a diario, sino más bien para saber qué sucede con el mundo de sus sueños, con aquel mundo que, aunque sea por un momento, los distrae de la triste realidad que viven a causa de la violencia común e inherente a la problemática social y humana mundial.”

Así, pareciera que en los 11 años de vida de Mafalda -de 1962 a 1973- prevalecía en las sociedades la esperanza de un mundo mejor, y el hecho de que la globalización no estuviera tan acentuada en ese momento, posibilitaba, quizá, que las personas se formaran, con cierto idealismo, una imagen del planeta susceptible de cambios positivos. En consonancia con lo anterior, la existencia de “mesías” y/o líderes capaces de transformar a la humanidad se daba por sentada. Pero ahora, con los flujos de información instantáneos, los horrores de la guerra, la corrupción, la pérdida de valores y una infinidad de malas noticias, se genera una sensación de impotencia e indefensión en las personas. Antes, de cara a la falta de información en tiempo real, había un margen para “soñar” con un mundo alternativo. Hoy, tanta información instantánea mató los sueños y las personas ya se acostumbraron a que todo lo que ocurre es negativo.

¿Cuántos jóvenes de hoy portan cuadernos, agendas u otros artículos con la imagen de Mafalda? Y ¿cuántos portan, en los mismos objetos, imágenes de Los Simpson? Este no es un simple ejercicio de mercadotecnia. Para la mayor parte de las nuevas generaciones, Mafalda es desconocida. Es verdad que hay una buena cantidad de memorabilia de esta simpática argentinita, pero generalmente está dirigida al público adulto. Lo que es más: después de 36 años, desde su última aparición en una tira cómica, Mafalda hizo acto de presencia el 23 de octubre de 2009 en el diario italiano La Repubblica para criticar las actitudes sexistas del Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi. Este hecho en sí, seguramente que habrá llamado la atención de algunos jóvenes e inclusive ayudará a que las nuevas generaciones redescubran a Mafalda. Sólo que como un personaje que se originó en un país en desarrollo, carente de toda la maquinaria publicitaria y de mercadotecnia que poseen Hollywood y Los Simpson, Mafalda se encuentra en desventaja. Tan sólo en términos de memorabilia, la mercancía alusiva a Los Simpson está valuada en mil millones de dólares. Además, aun cuando Mafalda sigue siendo reeditada y se publica en más de 30 idiomas, no hay material “nuevo”, fuera de su aparición, como ya se dijo, en La Reppublica y de su participación en 1976, en una campaña del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) para promover los derechos del niño.

Se puede explotar mucho más la incursión de Mafalda a la animación, ámbito en el que las nuevas tecnologías audiovisuales generan caracteres de mejor calidad. Sin embargo, una deficiencia que muestra la animación contemporánea -no en todos los casos, claro está- son los guiones, porque se pone especial cuidado en los personajes, no así en las historias narradas. El éxito de Los Simpson reposa en buena medida en la calidad de los guiones. En este sentido, Mafalda tiene un buen camino

andado, aunque el mundo de hoy es muy distinto de aquel que la vio nacer y parece complicado crear guiones apropiados para el momento actual, sin que el personaje parezca “pasado de moda.” Claro que, en honor a la verdad y a pesar de lo expuesto, Mafalda se las ha arreglado para sobrevivir, incluso ante Los Simpson, lo cual no es poca cosa.

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