lunes 04 marzo 2024

El lenguaje, el canto y la lágrima

(segundo elogio de la digresión)

por Rodolfo Lezama

A mi madre, Lourdes Aguilar, en su cumpleaños 76.

No tengo en la memoria mi primera palabra, pero sí recuerdo la tonada inicial que vocalicé tan pronto abandoné el llanto y pude pasar al siguiente nivel comunicativo: la canción. Era una pieza anodina de infancia, pero que me evoca una vivencia y, acaso, un momento de felicidad: el primero que retengo en la memoria de forma consciente.

Dice Fabio Morábito en el Idioma materno sobre el primer lenguaje: “Cuando se cree que por fin nos liberamos de sus palabras, sus giros sintácticos,  sus modismos intraducibles a otros idiomas, y que después de tantos años de hablar, soñar, amar e injuriar en otra lengua, uno se ha emancipado de su atadura, resulta que, al igual que esas calcificaciones de materia marina que se adhieren al cuerpo de las ballenas y que semejan enormes quistes, el viejo idioma no ha desaparecido, sólo se ha replegado en ciertas zonas, una de las cuales, la más resistente, es el llanto”.

Cuando un niño llora lo hace para comunicarse, principalmente con la madre, y pedir alimento o avisar de alguna urgencia o hacer un berrinche, pero, sobre todo, para manifestar un dolor. Tal vez por eso Morábito afirma que el llanto nunca deja de ser la expresión más fidedigna del idioma materno y que quien por primera vez llora en la lengua de la madre siempre lo hará, a pesar de que su idioma de trabajo sea otro. Por eso Nabokov y Conrad nunca dejaron de llorar en su lengua originaria (ruso y polaco, respectivamente), porque el llanto siempre es el mismo al salir del vientre de la madre o al vivir el duelo por la muerte del padre, a pesar de que la comunicación cotidiana haya elegido el inglés o el español para escribir o comunicarse en una junta de trabajo.

Tal vez por eso Sofía Kourtesis (música, productora y dj peruana radicada en Berlín) eligió la música para abandonar el llanto, la confesión y exorcizar el dolor que le provocó el miedo a la pérdida, que utilizó en su favor creativamente como móvil de su último álbum: Madres (2023), disco que es recorrido electrónico, pero también una invocación construida a través de loops, secuencias, episodios digitales y sonidos sintéticos, para orar por la salud de su madre, quien sería sometida a una operación de cerebro, mientras ella grababa su último larga duración.

El álbum es, también, una colección de canciones que, a través de mensajes sonoros sueltos en el ambiente se transforman –se encojen, se estiran, se modifican– al pasar de la secuencia eléctrica al episodio minimalista, del loop digital al sonido de la voz humana, o de la jerigonza callejera a la declaración encubierta de una inteligencia artificial al servicio de lo humano.

En los pocos discos que tiene en su haber Sofía Kourtesis ha podido construir un gran paisaje sonoro lleno de múltiples expresiones, efectos, giros y reconvenciones, pero, sobre todo, pudo convertir el lenguaje en música y canto, transformando la tristeza que le provocó el sufrimiento de su madre convaleciente en belleza electrónica, humanizada a través de la calidez y la imposición de la ternura.

La madre es la primera persona que nos enseña a controlar el llanto, nos aproxima a la palabra y nos encamina al canto y a la palabra escrita, a abandonar las reacciones infantiles y aprender que arruinar un juguete no es un daño irreparable sino una preparación inicial para soportar pérdidas mayores, monumentales. Aprender a contener el llanto es, a su vez, entender que la palabra, como toda energía, se transforma y se convierte en oración, canto y escritura, en bebida que reconforta y calma la sed, o en sonido que consuela al oído agobiado por la angustia y se calma al escuchar la palabra de un ser querido, igual que el bebé de brazos puede dormir al oír, por fin, el sonido de la voz de su madre.

La muerte de mi padre es el acontecimiento más triste que he vivido. A poco más de dos años de que sucedió sigo sintiendo el dolor del primer día (cuando recuerdo su cara sin expresión dentro de una caja) y siento que el canto regresa a ese momento originario en el que el lenguaje tiene su expresión mínima: el llanto. La lágrima como anuncio de la palabra, el llanto como chorro de emoción o goteo de tristeza: cristal líquido que nubla los ojos o evocación primera de la lengua originaria, que nos acompaña a lo largo de la vida cual remora que sigue impenitente a un tiburón o a una tintorera. La lágrima, como la lluvia, el río o el mar, tiene consistencia acuática e igual que la tristeza y otros sentimientos perdurables es vertical, tanto como el llanto o la llovizna, y la única forma de frenar esa verticalidad es con la contención de un impermeable, de un abrigo o del canto.

Lo más terrible de la enfermedad de mi padre fue que le impidió caminar y hablar. Durante su convalecencia, más de una vez lo soñé relatando historias y caminando de un lado a otro por los pasillos de la casa, o dando vueltas alrededor de la mesa del desayunador, como acostumbraba a hacerlo en su tiempo de fortaleza, al cavilar sobre las posibles soluciones a la política nacional o a los problemas cotidianos, o al intentar transmitirnos su visión de la verdad, con las pisadas de un peripatético. A papá le gustaba transitar mientras hablaba, quizás porque esperaba encontrar el sentido de las cosas en medio del ambulantaje, tal vez porque el sonido de su voz era amplificado mientras recorría la casa de un lado a otro.

El infarto cerebral enmudeció a papá, inhabilitó su movilidad en la parte derecha del cuerpo y le plantó una expresión terrible en el rostro: mueca que revelaba dolor y, a la vez, perplejidad. Cuando observaba a mi padre inmóvil, taciturno, irremediablemente anclado a una cama, quería leer su mente para intercambiar mensajes, su voz me daba calma cuando niño, cuando joven, cuando alcancé la madurez y me convertí en padre, pero después de su enfermedad eso ya nunca fue posible y sólo nos quedó intercambiar miradas, siempre afectivas, en muchas ocasiones dolientes.

Mi madre nunca dejó de mirarlo. Lo que siempre me asombró y me llenó de admiración por ella fue que ni el silencio ni las actitudes infantiles o la ira incontenibles de papá, cuando tenía episodios de malestar o inconsciencia, parecieron alejarlo de ella, su actitud espartana se hizo costumbre: con la enfermedad de mi padre ella dejó de ser su pareja, pasó a ser su enfermera y concluyó, en ese acto, el rol de esposa; dejó de ser su hija –él siempre fue dominante e imponía su voluntad hasta en los más mínimos detalles, eso sí con una increíble bondad– para convertirse en una madre comprensiva que le toleraba la saña con la que hacía manifiesta una agresión contenida detrás del velo de la enfermedad, pero, sobre todo, aprendió a entender el sentido de sus silencios o a imaginar que detrás de la ausencia de sonido había un mensaje, casi siempre urgente, que él quería comunicar, aunque su lengua le impusiera un barrera que lo atragantaba de aire: vacío de palabras y enquistamiento de silencio.

Mamá procuraba contener la sensación de impotencia intentando convencerse de que lo que vivía era un horrible sueño. Sin embargo, a momentos, la dificultad para cambiar a papá, su negativa a comer o a permitir los aseos cotidianos colocaban a mi madre en un predicamento: seguir o rendirse, ella nunca se rindió, entendió que después del llanto se necesitaban tomar acciones, cancelar la lágrima y cuidarlo, hasta que su silencio se convirtiera en fortaleza y en pérdida y, de nuevo, en llanto por su partida.

Por fortuna, con el paso de los meses, de los años, de todas las circunstancias en torno a la vida, es posible que el llanto se convierta en palabra y la palabra en canto y en poema o canción y, a pesar del reconocimiento del vacío que deja la ausencia de mi padre, paralelamente, hay una identificación sentimental de la felicidad que tiene pequeñas expresiones cotidianas:  el sonido de la risa de mi hijo, el amor de pareja, el gesto alegre de la sonrisa de mi madre, la satisfacción que importa el acto de escribir o escuchar música, de leer, y se difumina, al menos mientras dura la fugaz sensación de felicidad, esa parte dolorosa del recuerdo, hasta llegar a un momento en el que el mundo se detiene momentáneamente para después retomar su curso, con sus intervalos de ruido y de silencio, con sus posibilidades futuras y las memorias que se sellan a la piel de la frente como una estrellita de buena conducta.

En ocasiones, abdicar de la tristeza puede considerarse una traición, pero si no se cometiera ese freno a la melancolía tal vez sería imposible continuar con el día a día, o hacer de la vida un fenómeno continuo. Entre esas traiciones necesarias, Fabio Morábito reconoce una urgente para alcanzar el acto creativo: “Se abdica del idioma materno porque se abdica del llanto y se abdica del llanto porque sólo dejando de llorar se puede escribir”.

La tristeza original por la muerte de mi padre, cerca ahora de los tres años de su partida, se renueva con el pasar de los días. Por fortuna, otras alegrías y el trajín cotidiano lleno de actividades hacen que se diluya la sensación de melancolía, y se da forma a ese trayecto mediante el cual se pasa de la lágrima al canto y, en lugar de lamentarme, hago memoria de lo bueno que viví con él, que comparto cotidianamente con quienes amo, y entonces abandono el llanto –afortunada traición literaria– que me permite darme cuenta de que sobre el agua es imposible clavar el arado, entonces busco hasta encontrar un sitio de tierra donde plantar los pies, enfrentar la realidad y, finalmente, escribo.

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