domingo 26 mayo 2024

La guerra de Serge Pey

por Germán Martínez Martínez

Serge Pey (1950, Francia) es un artista cabal. Conocido como poeta, tiene también incursiones en la plástica. Su escritura se ha desarrollado en múltiples géneros. Aunque su relación con el país y creadores significativos de aquí data de mucho antes, en años recientes, en México su obra se ha divulgado por sus lecturas públicas. Fue parte del congreso Poéticas de la Oralidad en Morelia (2014), del festival Poesía en Voz Alta en la Casa del Lago (2015) y de la Noche de la Poesía en la Ciudad de México (2023), por mencionar presentaciones recientes. Hay quienes identifican las lecturas de Pey con el performance —que a él no le convence plenamente como práctica artística— y esta es una de las razones por las que llama “poesía acción” a sus intervenciones. Sus lecturas han incluido, en ocasiones, trances inducidos, así como bastones con los textos de sus poemas y acciones que, en efecto, se asemejan a lo que otros artistas llaman performance. A unos cuantos títulos previamente distribuidos en México se suma ahora la publicación de un libro de cuentos —aparecido en francés en 2011— y que este 2023 llega al español: El tesoro de la guerra de España.

Múltiples portadas del libro El tesoro de la guerra de España. Fotografía de Dany Hurpin.

Los relatos se desarrollan en el contexto creado por la Guerra civil española (1936-1939) y el exilio en Francia al que el conflicto y la subsecuente dictadura forzaron a ciudadanos españoles; como los padres de Pey. Pero los textos del poeta están lejos de tratar cuestiones históricas de manera directa. Los cuentos se inscriben en un registro de memorias de infancia, invadidas sin culpa por la fantasía o, más bien, por una mirada fantástica; aunque no falten situaciones de encierro alusivas, probablemente, a los campos de concentración franceses para refugiados españoles. Las narraciones oscilan entre tramas conmovedoras —como la madre y su hijo que tienden ropa para mandar señales— y el lenguaje alta y límpidamente metafórico: “los relojes apagados cosen ropajes invisibles para los números” o la descripción de una ciega como “viuda de la luz”. Su mismo tiempo es inusitado, pues no son cuentos lineales ni juguetes de cronologías desmembradas, tan tópicos en la narrativa actual. Estos cuentos tienen la amabilidad del desorden de una charla amistosa: ni pierden por completo ni están libres de erupciones de duda; los relatos de Pey conducen, como las aclaraciones de un interlocutor.

Pey con su compañera la artista Chiara Mulas. Fotografía de Dany Hurpin.

La conversación con la obra de Pey en México ha sido rica, pero no abundante, a pesar de las decenas de libros que el poeta ha publicado en francés. Hace casi cuarenta años —en 1984— se publicó Vertenebra con traducciones de Luis H. González Córdova, Daniel Sánchez y Felipe Agudelo Tenorio; el libro escrito en Tepoztlán en 1979 llevaba una solapa a manera de prólogo de la autoría de Marco Antonio Campos, tenía las curiosidades de que el título lo había propuesto Aurelio Asiain, contaba con ilustraciones de José Luis Cuevas —sin ser edición de lujo— y los poemas en su traducción al español se imprimieron en letra manuscrita de Vicente Quirarte. Más recientemente se han dado a conocer Nierika. Cantos de visión de la contramontaña. Poemas traducidos del peyote (2007, original francés; 2012 en español) traducido por el profesor Enrique Flores y el escritor Adán Medellín, así como el libro electrónico de poemas Ritual de las reversiones (2011 en francés, 2020 en español) en traducciones realizadas por la poeta y grabadora Nadia Mondragón. Ambas publicaciones fueron propiciadas en la UNAM por Flores, principal difusor actual de la obra de Pey en México.

El tesoro de la guerra de España está publicado por la editorial La Cartonera, de Cuernavaca. Se trata de la empresa cultural “sin fines de lucro” y basada en “trabajo colectivo voluntario” dirigida por Dany Hurpin y Nayeli Sánchez. La Cartonera lleva quince años operando —desde febrero de 2008— y ha publicado 87 títulos, incluyendo ediciones bilingües y una trilingüe, con reimpresiones y el plan de acumular 90 libros en su catálogo para este verano. El nombre de la editorial proviene de que las pastas de sus libros están hechas de cartón recolectado en Cuernavaca. El texto de los libros está impreso en papel reciclado. Cada portada es una imagen diferente, pintada por algún colaborador, sin que necesariamente guarde relación con el título y sin informar sobre el contenido de los libros. Esta característica es un reto tanto para diferenciar los títulos entre sí, como para reconocer estos libros como tales y no confundirlos con libretas.

Acción poética en la Academia de San Carlos, marzo 2023. Fotografía de Dany Hurpin.

Los autores hasta ahora publicados por La Cartonera incluyen a: Melissa Nungaray, Mario Santiago Papasquiaro, Anne Sexton y Javier Sicilia. En crear las portadas de los 500 ejemplares de El tesoro de la guerra de España trabajaron 40 personas, incluyendo a los editores, el autor y a Chiara Mulas, la artista compañera de Pey quien es parte integral de sus acciones poéticas. La combinación de la caja del texto y el encuadernado rústico puede dificultar la lectura; además, a algunos nos intriga la preservación de este tipo de libros. Sin embargo, hay un público al que el uso de papel y cartón reciclados les entusiasmará, por su connotación de sustentabilidad. Además, las ilustraciones individuales hacen que los libros de La Cartonera sean piezas artesanales y, efectivamente, únicas.

La traducción del francés al español de El tesoro de la guerra de España es obra de Rafael Segovia (hijo del poeta Tomás, sobrino del politólogo con quien compartió nombre). La versión en español tiene, a momentos, una sintaxis poco efectiva y, en ocasiones, un vocabulario fuera de tono, interrupciones ambas que quiebran el ritmo en la lengua destino. Probablemente ocurre así porque el proceso de traspaso del francés tuvo que enfrentar la decisión sobre qué voz adoptar en español: ¿una ibérica, la búsqueda de neutralidad o una voz mexicana que arriesgaba ser incoherente? Una frase sintetiza el titubeo: “Tras haber juntado cartones, restos de huacales y pedazos de madera, sacamos las costillas y la butifarra”. La indefinición tampoco se aproxima a la expresión de un descendiente de inmigrantes con lengua distinta a la de su nueva comunidad. Sin embargo, esto no impide que por medio de la labor de Segovia, el lector aprehenda la obra de Pey.

Pey con ejemplares de los que él mismo pintó la portada. Fotografía de Dany Hurpin.

Creo que la localización pertinente de la literatura es la literatura misma. Los vínculos de los textos con factores biográficos, históricos, sociales, políticos y culturales son múltiples e innegables, pero en creaciones de muchos autores contemporáneos con frecuencia pasan de ser muletas a cobrar protagonismo que opaca o anula esa actividad mental que es propiamente artística; como la imaginación de Pey que hace de mantener el equilibrio en una banca —entre un guardia y un preso— la sustancia de un cuento. En este libro, los relatos del poeta tienen un antecedente familiar y vital evidente, circunstancias que, sin ser explicadas, provienen de un proceso social. No obstante, lo que domina trasciende un impulso autobiográfico y refleja un deslumbramiento persistente ante el mundo: “nos dijimos que tal vez habían sido los animales los que enseñaron a los hombres a trabajar”. Quizá ese asombro habría emergido también y el poeta lo habría cultivado —así fuera de otras formas— al enfrentar una sociedad menos inestable. Aunque hay que anotar que Pey escribe: “La felicidad adormece en situaciones extremas y la angustia seguirá siendo siempre un reservorio de clarividencia”. Los protagonistas de “El tesoro de la guerra de España” son miembros de un grupo que “había ocultado una parte del tesoro de la República que habían escamoteado a los comunistas”, pero, el narrador vuelto hombre que regresa a la playa en que fue niño también afirma: “El mar no sería nunca una bandera y estoy orgulloso del mar”. Sea la que sea la persuasión política del autor, y aún a pesar de él y de comentaristas que querrán ver una posición específica en sus páginas, El tesoro de la guerra de España prefiere el campo de la poesía, porque esa dimensión tiene dignidad suficiente, sin necesidad de justificación política, ni mucho menos moral.

La prosa de Serge Pey en El tesoro de la guerra de España está concentrada en elaborar flujos verbales más que en construir acciones narrativas, aunque éstas no falten. A fuerza de entusiasmo por las palabras —“Hablar es tener esperanza”— el poeta plantea situaciones como una partida de ajedrez a ciegas, llevada a cabo sólo por medio del olfato con piezas sustituidas por vasos de distintos licores. El niño que parece atravesar las historias tiene con su madre una relación privilegiada: ella traduce un mundo alambicado que él está dispuesto a descubrir aun a costa de sangre y vómitos: el arrojo de quien quiere ver y probar su entorno. A su vez, su padre también contribuye, aunque sea gracias a confusiones auditivas. Así como Serge Pey explora posibilidades del relato literario, su narrador niño amplía su mirada: “Mi madre había sacado las flores como para darle permiso al horizonte para extenderse”.

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